Revista de Arte Fragmento No. 3 | Page 6

Junto

Es un día atareado, Mónica, acababa de culminar su tediosa jornada de trabajo en la oficina. Emocionada, pensaba en volver a ver a su esposo. Con ilusión lo imaginaba. Después de varios años de matrimonio, seguía sin endo entusiasmo al acordarse de él. Le encantaba escuchar su voz, que le contara sus problemas, apoyarlo, ser su consejera, su confidente, animarlo, hacerlo reír. Como pareja, su familia y amigos los admiraban. Los veían como ejemplo de unión. Ambos eran educados, respetuosos y de buenos principios.
- Gracias a Dios, pronto estaré en casa- se dijo Mónica en un susurro, dándose ánimo. Se levantó de la silla de un salto, se colgó al hombro su bolso y caminó por el pasillo de oficinas. Al llegar a la recepción, dijo una breve palabra para despedirse de las personas que aún permanecían charlando en el recinto-ninguno de ellos respondió- abrió la puerta para salir y aceleró el paso hasta alcanzar al vehículo que servía de transporte a los empleados de la empresa. Esa tarde había sido produc va. Pudo convencer a su jefe de aplicar nuevas medidas para mejorar la calidad de la obra y la apreciación del cliente. No fue fácil, pero supo hacerlo con total serenidad y firme convicción. A su jefe lo consideraba un buen hombre, pero de carácter irritable. A diario gritaba y se quejaba de la incompetencia de los demás. Por causa de sus arrebatos con nuos, se vivía mucha tensión allí a diario. Para Mónica, fue fácil ganarse su es ma desde el primer día. Ella sabía demostrar su eficiencia. Siempre actuaba con responsabilidad y amabilidad. Lo asesoraba con paciencia y le explicaba con palabras sencillas, todo lo que necesitara saber. Él estaba agradecido de contar con ella. La apreciaba. Ese día, se mostró complacido con Mónica. Hasta alabó sus ap tudes y desempeño. Esto provocaba la envidia de algunos compañeros.
Camino a casa, Mónica se sen a posi va. Mantuvo esa ac tud para cumplir sus deberes hogareños, aunque el cuerpo le pedía a gritos una ducha fría y dormir. En casa, se ocupó sin vacilar, sin detenerse a descansar ni un instante. Cocinó, colocó ropa a lavar, dobló y ordenó la que estaba limpia, planchó la que usarían al día siguiente, recogió la basura, lavó los utensilios de cocina. Estar en casa la reconfortaba.- Te extraño, Antonio- pensaba, dejando escapar un largo suspiro. Se mostraba serena, aunque por dentro bullía la imperiosa necesidad de contacto emocional con su esposo. Más que la interacción sica, Mónica ansiaba contarle sus logros diarios, escucharlo opinar, reír juntos, como en otros empos. Cenar, acariciarse, besarse, ver televisión y cri car la programación que estuvieran transmi endo. La in midad cabía en cualquier ocasión, espontáneamente y sin apuros. Y eso también lo extrañaba. Mónica se preguntaba una y otra vez si de algún modo se puede rescatar esa felicidad. Y cómo harían otras parejas para mantenerse. Al ver la hora en su reloj, se apresuró. Antonio llegaría en cualquier momento. Dispuso lo que faltaba hasta que todo estuvo listo para cenar. Sonrió. Aunque la cena se había conver do en una ru na rápida, Monica lo valoraba mucho. Mantenía esperanzas de recuperar la dicha compar da junto a su esposo. Lo intentaba cada día. El ruido del portón principal interrumpió sus fantasías. Era Antonio, que acababa de llegar. Oyó el ruido de la llave al abrir el cerrojo de la puerta. Mónica sin ó acelerarse su corazón y luchó por lucir calmada. Se preparó para recibirlo de pie. No pudo esperar a que él se acercara, se dirigió a la puerta, ansiosa por besarlo. Antonio se sorprendió al casi tropezar con ella mientras entraba a la habitación. Por un instante su expresión reflejó cierto disgusto. Trató de disimularlo con una débil sonrisa.