sentía. La calma se rasgó por unos segundos. Una voz potente, dura pero tranquilizadora, serena,
se escuchó por todos los rincones. No venía de alguna parte, salía de todas. Una sensación de
alivio casi humana se apoderó de Pedro al escuchar Es suciente Pedro, lo has hecho bien, ya
es hora de regresar.
Pedro cerró los ojos. Y se dejó llevar.
Santiago se dirigió hasta el cuartito, Rodríguez lo siguió con cierta curiosidad, pero sin dejar de
lado su malestar. Al abrir la puerta Santiago supo que no estaba equivocado, las luces titilaban,
las esposas colgaban de la silla. No había nadie, Pedro se había esfumado.
Rodríguez volvió a ver el pequeño papel, era una estampita del Arcángel Pedro. El rostro del
ángel era idéntico al del ahora prófugo y recordó de pronto a su tía, con quien él se había
criado, quien tenía en la sala varias estatuillas y estampitas del ángel fugado detrás de velones
encendidos y que ella había bautizado como Arcángel Pedro Asunción pues así se llamaba ella,
Asunción y quería mantener una conexión para que la protegiera siempre. Rodríguez se quedó
viendo la estampita y leyendo lo que decía por el reverso.
La estampita rezaba: Arcángel Pedro, vigilante de las mujeres desprotegidas. Guardián de seres
solitarios paseantes de la noche que viven entre sombras y peligros. Cuidador del desvalido y de
los que creen en la justicia. Protector de quienes viven la noche.
Protégeme a mí y a mi familia de los peligros de la noche y de los seres malvados.
Alex Rasgo