Revista de Arte Fragmento 5 No.5 | Page 28

Esther Cantora.

Lentamente se bambolea

Esther Cantora.

Lentamente se bambolea la hamaca junto a la balconada que da a la plaza. Como fondo en la estancia se deja oír la música clásica del dial de radio que durante tantos años lleva sin ser cambiado.
Tiempo de calma, tiempo invernal que parece avanzar a ritmo aún más lento que la deteriorada hamaca con que se mece. Relajadas manos, ya teñidas por grandes manchas de edad, anidan sobre su mermado regazo mientras, con mente libre, se deja transportar en este instante por la desolada voz de la gran soprano …
¡ Horror! A mí alrededor se oscurece el cielo …
¡ Ay de mí … estoy sola! ¡ Desfallezco en el profundo desierto, cruel angustia, ah, sola y abandonada, yo, la desierta mujer!
… Se bambolea, lentamente se bambolea al lado de la balconada que tan solo le ofrece una grisácea vista de la solitaria plaza que, con exceso de pudor y resultado yermo, tanto paseó en busca de un amor. Sola, ajada y sola se siente.
Lentamente se mece, ya nada tiene urgencia, tan solo el tiempo de espera le queda mientras gélidamente se ve envuelta por una cruel melancolía del pasado tiempo de amor, de joven ilusión, y una inmensa tristeza que paulatinamente creció en el transcurrir de sus días.
Es tarde de domingo, día de paseo para las jóvenes que buscan un amor, entre ambos padres sentada en la sala se halla. Él, extasiado, con mirada �ja en el recién adquirido aparato de radio que, como la mejor joya de la casa, reposa en destacado lugar de la estancia sobre lacada mesa heredada.
La joven María Callas es quien con angelical voz a través de las ondas canta una triste aria. Ella, obediente, resignada, con la acuosa mirada absorta en no se sabe qué cosa.
Su madre, por el orillo del ojo la mira y en silencio sufre la dolorosa resignación de su dulce hija. Nada puede hacer ante la dictatorial prohibición paternal, es deseo para el casorio de la única hija algo mejor que un joven de campo y taberna como en su día, para su propia mujer, él mismo fue. No formará hogar con quien la pretende.
Absorta en pasado tiempo, lentamente se bambolea en vieja mecedora frente a solitaria plaza. En esta tarde gris de invierno, tarde de paseo, nadie la ama ni acompaña. Tan solo una tímida lágrima acaricia su mejilla al abrirse camino entre alguna que otra arruga.
Transcurren solamente, una tras otra, sus desafortunadas y melancólicas horas mientras de fondo se escucha una tristeza aria que ya muchos años atrás cantaba la mítica María Callas. María, en su desierto interior, llora la personal tristeza de amor.