Mientras se acercaba vio, a unos veinte metros, a la chica tirada en el suelo, la sombra de dos o
tres tipos que se escabullían por la esquina del Café San Blas ya lejos entre las sombras, y a un
hombre que se alejaba del cuerpo sin vida, a paso no lento pero con mucha normalidad, casi
con resignación.
Santiago se arrodilló al lado de la chica, le colocó los dedos en el cuello para cerciorarse de lo
que temía y lo corroboró. Estaba muerta, era muy linda, pero ya muy muerta. No cargaba radio
pero su teléfono le sirvió para llamar a una unidad que tardó aproximadamente quince minutos
en llegar. Santiago volvió la mirada y se dio cuenta que el hombre misterioso de caminar
pausado, estaba aún cerca como para atraparlo si corría un poco. ¡Párate!, le gritó
acercándose al hombre, éste ni se inmutó. Por el cuello de la chamarra lo agarró con tal fuerza
que hasta él mismo se sorprendió. Lo tiró al suelo y volvió a gritarle ¡hijo de puta ¿pensaste que
te ibas a ir así, tan fácil?! ¡Vente, vas preso! El hombre no puso la menor resistencia y fue
caminando a empujones hasta la escena del crimen donde ya habían varias patrullas y más
curiosos que policías. ¡Rodríguez, este es el que la mato, llévatelo! Con esas palabras Santiago
entregó al hombre a su compañero ocial de guardia. ¿Cómo sabes Santiago?, porque lo vi al
lado del cadáver y se fue caminando tranquilamente, dijo Santiago con orgullo y rabia.
Vámonos cabrón,, nos queda una noche larga, dijo Rodríguez.
Santiago aún tenía agarrado al hombre por el brazo y se lo entregó a Rodríguez, quien lo tomó
con brutalidad y lo metió en la patrulla sin el típico “cuidado con la cabeza”. Pero justo en el
instante de hacerlo, el hombre volteó y vio a Santiago directamente a los ojos. Santiago sintió
una ráfaga en el cuerpo que lo hizo temblar de asombro y melancolía. Jamás había sentido
algo como eso en sus 57 años de vida. Rodríguez lo aferró con fuerza y terminó de meterlo en
la patrulla, encendió la sirena y se fue. El hombre vio el retrovisor de la patrulla donde colgaba
un rosario, se le salió una mueca que parecía sonrisa, luego volteó y se quedó mirando a
Santiago que permaneció parado con el rostro desencajado y un fuerte dolor en el pecho.
Los forenses hicieron su trabajo, los policías el suyo, levantaron el cadáver y lo metieron en el
carro de la morgue en la respectiva bolsa negra, la gente comenzó a irse, el silencio se apoderó
de la madrugada, y Santiago siguió ahí parado con la llovizna lavándole la vida. De nada valió
que Julián lo invitara de nuevo a jugar, a que se tomara unas cervezas y pasara el mal rato.
Santiago estaba en un estado incomprensible para sus amigos. Y para él.
- ¿Sabes qué Pedro? ya me estoy cansando de esta pendejada.
- Si continúas te vas a arrepentir Rodríguez, tenlo po r seguro.
- ¿Me estás amenazando hijo de puta? ¡O comienzas a hablar o pasamos a la otra fase, créeme,
no quieres saber cómo es!
- ¿Cuál es la otra fase, tortura psicológica…? Entonces comienza, no mecaerían nada mal unos
cuantos chistes, aunque sean malos…
- ¿Qué quieres decir pendejo?
- ¿Ves? ya comenzaste.
-
Pedro no supo con qué le pegó, pero un golpe certero en el cráneo lo tumbó al suelo. Con una
sola mano Rodríguez lo levantó y lo puso de nuevo en la silla. La ira del policía era incontenible,
se le salía la saliva al gritarle mil y una maldiciones, su rostro estaba morado y se le brotaban las
venas. Pedro estaba hinchado, sudando, sin aliento, jadeando. Rodríguez se le quedó viendo y
al cabo de unos segundos salió del cuarto de interrogación. Necesito un cigarro, le dijo al
compañero que estaba viendo una película de