Revista de Arte Fragmento 5 No.5 | Page 24

- A mí no me vengas con pendejadas de frases intelectuales. Tú me vas a decir todo y yo me voy a ir tranquilo a mi casa a estar con mi familia, ¿ Estamos?- Esta noche vas a casa Rodríguez tranquilo, pero no me vas a poder matar para sacarme algo. Tú no eres quien para quitarme la vida.
Las luces de las patrullas y las ambulancias dejaban una vista estroboscópica de las ventanas de los edi�cios y sus vecinos observando la escena. La del 5-B, en su bata de dormir y su cigarro a medio consumir en la boca hablaba por teléfono como una loca tratando de resumir todo lo que estaba viendo en el menor tiempo posible. Juvenal, el dueño de la carnicería que vivía justo al lado de la chismosa, veía con cierta costumbre junto a su mujer la escena mientras se tomaba un ron seco. Los chicos del 3-D trataban de no perderse nada mientras frenéticamente tomaban fotos con sus teléfonos y las enviaban a sus contactos en una competencia furiosa y veloz. Mario, el conserje del 1040, se apoyaba en el marco de la puerta de entrada al edi�cio y hablaba como si fuese un experto en investigaciones criminalísticas frente a un auditorio de unas diez personas quienes escuchaban sus acertadas acotaciones.
Nadie conocía a Pedro, pero algunos recordaron, y quienes no recordaban, inventaban, que habían visto a un hombre caminando cerca del cuerpo a la hora en que se escucharon los disparos. El hombre observaba al cadáver como si de alguien importante se tratara, como si quisiese decirle algo. La señora Morella, quien era algo así como la enciclopedia del barrio, por sus dotes de conocer absolutamente la vida de todos, mencionó que lo había visto llorando, pero no estaba segura. De lo que sí estaban seguros y asombró a quienes pudieron verlo, entre el miedo y la sorpresa de lo acontecido, fue la tranquilidad con la que este hombre caminaba alrededor y luego se alejaba perdiéndose entre las sombras de la calle Molvar. Entre el tumulto que se formó a los pocos segundos- como si fuese un simulacro y todos supieran exactamente lo que debían hacer-, los vecinos asomándose por las ventanas, los jóvenes apurándose a tomar videos y fotos, y los demás curiosos que se amontonaron a ver a la chica; el hombre que recién se había ido lo había hecho en un perfecto movimiento de slow motion, pero que solo llamó la atención de los ojos más entrenados o más chismosos.
Santiago, el policía de la cuadra y vecino fundador del vecindario ya había salido de su turno y estaba jugando barajas en la acera frente a la casa de Julián, su amigo de toda la vida. Se había quedado solo con el pantalón del uniforme y sus botas, dejando para cubrir su torso la guardacamisa que usaba regularmente. Tres más eran los jugadores, cada uno con una cerveza bien fría sobre la mesa. La partida la estaba ganando Santiago y sus risas se escuchaban en toda la manzana; era un tipo agradable, bromista y muy educado, en otras palabras un policía muy atípico. Al dejar sus cartas sobre la mesa y ganar la cuarta partidaconsecutiva, se prestaba a recoger el dinero cuando de pronto todo se paralizó al ritmo de varios disparos y un leve quejido femenino que silenció toda actividad en la cuadra.
Santiago instintivamente buscó su revólver en el cinto, pero se percató que no lo llevaba con él. Sin embargo no dudó en levantarse y dirigir la mirada hacia el lugar de donde provenían los disparos. Desde donde estaba jugando no se veía nada, intuyó que sería al voltear la calle. Se levantó velozmente y salió corriendo. Nunca deja de estar en servicio, dijo Julián a sus amigos que también se dirigieron al lugar, pero con paso más prudente.