Revista de Arte Fragmento 5 No.5 | Page 23

Tendría unos veintitantos, cuerpo escultural, rostro hermoso, ojos verdes, piel bronceada, labios sin color articial, suerte de perros. Sobre el asfalto resaltaba su cabellera rubia haciendo juego con su camisa azul con círculos marrones, sus jeans desgastados y un collarcito de piel que guindaba de su pecho con una V de bronce; sus zapatos habían desaparecido, igual que su cartera y sus ganas de llegar a los treinta casada y viviendo en una casita lejos del ruido y muy cerca de Playa Calma, donde iba de vacaciones con su familia cuando era niña. Un fuerte golpe, probablemente al caer y dar contra el asfalto, había causado el sangramiento en su frente. Dos huecos de bala en el pecho se mimetizaban con el diseño de su camisa, solo que de ellos escapaban sendos hilos de sangre, roja como sus uñas. Un farol dejaba su luz blanca sobre el cuerpo inmune a la lluvia e iluminaba las libretas de anotaciones de los detectives que bromeaban entre ellos sobre la esta de navidad de la noche anterior, haciendo pantomimas de la borrachera de Domínguez y las ganas que le tenía a Mireya, la esposa del Comisario Quintero. Otra noche de trabajo llena de normalidad. Le echó un vaso de agua en la cara para que despertase. Pedro estaba medio inconsciente de tanto golpe, tanta culpa y tantas horas metido allí bajo el neón y el interrogatorio bestial. Abrió el ojo izquierdo tratando de hacer lo mismo con el derecho que estaba completamente hinchado que dejaba salir un hilo de sangre muy no. Pedro recordó las noches en que se reunía con Domingo a ver boxeo amateur que transmitía el canal 7 cada lunes por la noche. Los rostros de los jóvenes peleadores se llenaban de golpes convirtiéndose lentamente en una masa deforme que emitía algunos sonidos por un hoyo que estaba en algún lugar de la asimétrica silueta. Pedro se sintió boxeador por primera vez, pero ya era tarde para salir al cuadrilátero. En realidad ya era tarde para cualquier cosa. - ¡Tenías las suelas de tus zapatos llenas de sangre – le susurraba al oído -, ¿Por qué Pedrito?, ¡dime…! - Ya te dije, pasé a su lado, como todos los demás, miré y me fui… - Sí, ya te voy a creer ¿por qué quieres verme la cara de pendejo, ah? - Porque no tienes otra y esa te va muy bien… Los nudillos se estamparon contra el maxilar superior y algo sonó a quebrado. Pedro soltó un gemido, primero que le salía en toda la noche, y tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta que no podía mover la boca muy bien. Sintió que algo como una pequeña roca se movía de pronto dentro de su boca, le dio vueltas con la lengua y escupió, era un trozo de muela. - ¿Por qué la mataste Pedrito? – le decía con voz suave al oído -, dime y te dejo tranquilo… - No la maté, no soy como tú, no mato gente. Y no me digas Pedrito, imbécil. - Te digo como me da la gana hasta que me digas tu nombre completo. ¿Por qué carajo no traías tu billetera y tu identicación? ¿Qué es lo que escondes cabrón? Nadie te conoce por la zona, nadie te había visto antes, andas sin identicación, sin rumbo. ¿Quién carajos eres tú? - Uno que se merece esto por no estar donde debía, por no hacer lo único que debía hacer. Por dejarla sola. Y que ahora será el motivo de tu ascenso pues seguro no tienes ni idea de qué fue lo qué pasó allí, ¿cierto Sherlock?