- Tu nombre…
- Pedro.
- ¿Pedro qué?
- Como si importara, ya todo se fue al carajo.
- Hey, no me interesan tus conictos internos, ¡tu nombre completo cabrón!
- ¿Y a ti qué carajos te importa mi nombre completo si ni siquiera sabes quién eres tú mismo…?
El golpe en su pómulo se escuchó en todo el recinto. Cuatro paredes una vez pintadas de gris,
ahora desconchadas y convertidas en recipiente de huellas eternas. Escritorio gris de metal con
bordes redondos cubiertos de goma. Un solo cajón guardando formularios de horarios, un
periódico amarillista con fotos de mujeres con cuerpos voluptuosos en la última página, varios
clips y servilletas usadas. Dos sillas de aluminio. El piso de concreto pulido tenía ciertas
salpicaduras que daban lugar a las más terribles conjeturas. Las gotas de sangre desteñida
tapizaban los muros sin ventanas. Manchas de espaldares de sillas hacían un horizonte
separatista en la misma pared detrás de él, entre el piso y los tres metros que faltaban hasta el
techo. Tres luces de neón. Una parpadeaba.
Pero sobre todo, esa sensación.