Revista de Arte Fragmento 5 No.5 | Page 19

del acordeón —quien lucía esclavas de oro en ambas manos, relucientes ante la modesta iluminación— después de ver cómo un bailarín giraba tres veces a su pareja sin dejar de zapatear la madera. Sólo en la tarima sonaban las suelas del baile frenético, nadie más bailaba en el lugar y, sin embargo, podían percibirse debajo de las mesas todas las puntas de los pies moverse al ritmo del contrabajo: hombres que apostaban y movían sus extremidades entre tragos de tequila, cervezas y dominó; algunos silbaban o aullaban al aire gritos indescifrables mientras esperaban su turno de bajar alguna cha, otros platicaban o reían a carcajadas con sus compañeros, sus pechos se inaban de aire y dejaban exhalar el humo de los cigarros a la vez que sonreían. Sus pies no dejaban de moverse en el piso. En una mesa lejana, un hombre calvo retorcía su cuerpo de forma peculiar mientras imitaba tener un acordeón hecho de aire, sus dedos se movían rápidos, tocando notas invisibles, con la nuca iluminada subiendo y bajando, armoniosa, a la vez que su compañero de mesa, con la mano izquierda a la altura de la cabeza y la derecha en la cintura, movía curiosamente su barriga, como bailando en la silla, mientras que del movimiento de su bigote podía intuirse que inventaba una letra para la polka aérea de su amigo. Un ardor invadió los labios del polaco, el cigarro se había consumido mientras observaba aquel espectáculo. Tiró el cigarro al piso y espero un poco más, observando las piernas acas de las mujeres que sostenían el ritmo desaante; tales movimientos le hicieron creer a Vitoldo que mover un solo pie después de semejante baile sería ir en contra de la cadencia natural del lugar, pero al nal, decidió hacerlo luego de sentarse en la barra de bebidas que se encontraba a su izquierda. El polaco pidió una “birra” mientras el hombre que atendía la barra lo miraba con extrañeza: “cuidado, gringo, con pedir una birra aquí con lo compas, o te van a dar en la madre, se dice cerveza, chela o caguama”. Vitoldo sintió un poco de agresividad en su tono de voz, pero no le tomó importancia, recibió su cerveza y bebió; miraba cómo incluso la esta mexicana, que a pesar de ser en comunidad, se segmentaba en grupos muy particulares: los bailarines, los músicos, los aspirantes a músicos que se retuercen y bailan, los que juegan domino, los adictos a la cartas, los que fuman demasiado y los que inhalan cocaína… “Oiga, amigo, ¿se pueden consumir drogas aquí?”, le preguntó el polaco en su mal español al hombre de la barra, quien ni se inmutó y mucho menos respondió la pregunta. El grito de “¡bravo, cabrones!” se dejó escuchar a la vez que todos aplaudían levantados de sus asientos, silbando con euforia, el termino de esa polka. Vitoldo se limitó a aplaudir con cierta cautela, pues veía que un hombre con bastante pelo en el pecho se acercaba a la barra después de aplaudir brevemente. “Cabrón, dame dos caguama bien muertas… ¿Tú qué, güero? ¿Se te perdió algo?”, el polaco dejó de mirarlo y dio un trago a su cerveza. “No hay bronca, güero, eres nuevo aquí, ¿verdad? Vente a nuestra mesa. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo? ¿¡Güicho!? ¡A la chingada! ¡Ya hasta tienes apodo de mexicano! ¡Ja, ja! ¡Mijos, les presento al Güicho!”. Todos los hombres de la mesa rieron al tiempo que le hacían un espacio en la mesa para que colocara una silla. De inmediato los hombres le dieron a Witold chas de dómino para comenzar la siguiente ronda