Revista de Arte Fragmento 5 No.5 | Page 18

Giovanny A. Rodríguez.

Una polka en Nuevo León

Giovanny A. Rodríguez.

El polaco tenía alrededor de tres semanas de hospedarse en Nuevo León, era escritor y venía directamente desde Europa. Por azar— y quizá también por una curiosidad premeditada—, no había logrado regresar a su país, y decidió quedarse un tiempo para estudiar el idioma y a ciertos autores nacionales, además de indagar en el modo mexicano de vida. El calor de septiembre era infernal, pero el último sábado del mes, desde tempranas horas del día, la temperatura se abatió debido a una lluvia ligera, lo que permitió a Vitoldo— apodo puesto por sus vecinos de habitación, pues su nombre era Witold— salir del modesto hotel y conocer mejor el lugar. Juró no regresar hasta haber vivido la verdadera �esta mexicana de la que tanto había escuchado en su país. En México, percibía que cada �n de semana era de festejo, incluso aunque no tuvieran nada que celebrar:“ quizás es porque el mexicano trabaja demasiado y sólo existe los �nes de semana”, pensaba Vitoldo, mientras se colocaba un pequeño sombrero para salir. La calle, que en días soleados mostraba un pálido concreto, hoy se tornaba gris ante la lluvia, y el polaco— de piel pálida también— salió caminando con un chaleco de estambre negro sobre su camisa blanca. Caminó durante algunos minutos entre la soledad de las calles y visitó los lugares que habían llamado su atención con anterioridad, pero todos se encontraron cerrados; sin embargo, ante la pésima idea de salir y encontrar un bar abierto a las 10:00 de la mañana, Vitoldo recuperó la esperanza al escuchar música de acordeón en una pequeña zona de bares un tanto marginal. El polaco se detuvo frente a un lugar, el cual exhibía sin pena ni gloria, y con unas humildes lucecitas rojas de neón, el nombre de Bar El Tololoche—“¿ Tololoche? ¿ Pero qué mierda es eso?”, pensó Witold—, sacó un cigarro y fumando analizó detenidamente su fachada; se sorprendió bastante al lograr comprender el menú y los precios llenos de faltas de ortografía que se exhibían fuera del bar. Pensó tener el su�ciente dinero y, todavía con el cigarro encendido, decidió entrar. Cruzó las puertas que en vaivén se cerraron detrás de él, dio tres pasos y no pudo avanzar más, se quedó ahí, inerte, sin poder expresar de manera coherente la vida que sus ojos veían, una alegría que pareciera estarle vedada en su país de origen. Sobre una tarima se encontraban dos parejas bailando al ritmo endemoniado del acordeón, usaban unas botas que pisaban con desprecio la madera en repetidas ocasiones, las piernas eran sólo perceptibles gracias al sonido de los tacones: un sonido hueco, rítmico, de cadencioso estrépito, como si la madera estuviera al borde de la quiebra por aquel baile lleno de vueltas, donde los brazos subían y bajaban, y las faldas rojas de las mujeres se abrían en forma de círculos perfectos ante los giros que los bailarines de chalecos negros ejecutaban sin perder el ritmo de los pies. Tres músicos— con tarola, contrabajo y acordeón— se hallaban en el centro del lugar, siendo rodeados de todas las mesas, vestidos por completo de una mezclilla café y con camisas blancas; movían sus cabezas, sus enormes sombreros, y sus descomunales barrigas al ritmo de la música que inundaba por completo el lugar.“¡ Así, hijesushing ' amadre!”, gritó el hombre