Un aullido sonó en el fondo: era el calvo de instrumentos invisibles que gritaba al mirar como
los bailarines volvían a salir a la tarima. El contrabajo comenzó a sonar y el zapateado no se hizo
esperar. “Oye, amigo, ¿eso de verdad es polka?”, preguntó el polaco antes de que todos se
rieran de él por semejante pregunta; “¡así es, Güicho, y es la polka más perrona! ¡Denle,
cabrones!”, una mujer de las bailarinas aulló también, como respondiendo a la armación del
hombre peludo.
La música uyó, sin abatirse, durante varios minutos, el polaco movía su pie a la par del
contrabajo, “aquí le decimos tololoche, buey, ¡ja, ja!”, le dijo uno de sus compañeros sombre
rudos cuando le confesó que admiraba la destreza del músico en el contrabajo. El hombre
lejano que bailaba en su silla seguía moviéndose de forma extraña en su asiento, pero ahora
con una cerveza en la mano izquierda, que le quedaba a centímetros del bigote. Witold no
dejaba de maravillarse ante el espectáculo de inmadurez que presentaba esa pequeña
sociedad, sonreía y no dejaba de jugar dominó, en realidad no entendía el juego del todo y
sólo colocaba las chas que tuvieran números semejantes a las piezas de la mesa, sabía que
iba a perder pues un par de hombres sólo tenían tres chas en sus manos.
Había llegado el turno de Güicho y, cuando se disponía a bajar una cha, se escuchó alboroto
en la mesa del calvo; todos voltearon y vieron la calva del hombre en el piso, y a su amigo
—el que antes bailaba en su asiento— ahora gritándole con su boca amplia que se abría y
cerraba debajo del bigote, amenazándolo. “No hagas caso, güero, sigue tu juego”, el polaco
volteó, bajó la cha y de nuevo se escuchó un ruido, pero ahora de vidrio quebrándose; esta
vez sólo Vitoldo volteó y los demás siguieron jugando. La polka sonaba y parecía que en
cualquier momento la tarima al n se quebraría. Nadie, excepto el polaco, prestaba verdadera
atención al pleito entre los amigos. El calvo seguía en el piso, acostado de lado, mientras su
“amigo” ya tenía en la empapada mano derecha un vidrio enorme, producto de la cerveza
reventada. El polaco miraba, sin prestar más atención al juego. El hombre se fue sobre su amigo
tendido en el piso con el vidrio dirigiéndose a la garganta. Witold se levantó de su asiento como
por instinto, los demás ni se inmutaron. El hombre tendido en el piso, con la mano que tenía libre,
sacó un revólver de entre su pantalón y la tremenda barriga. El estrépito de las balas se fundió
con el ruido hueco de las botas con la madera, y la polka no dejó de sonar, el baile seguía y,
en su frenetismo, los jugadores apostaban entre el humo difuso y el aire viciado. El hombre sufría
convulsiones y sangraba. Witold, ahora horrorizado, pensó en ayudar. “Güicho, no es tu
problema, quédate aquí o también te van a chingar”, dijo el hombre peludo mientras que con
su mano regresaba al polaco a su asiento.
La polka terminó y todos se levantaron a aplaudir con un fervor particular. “¡No es esta si no hay
un muerto!”, grito alguien de entre los aplausos. Y el cuerpo seguía ahí, acribillado. El hombre,
que hace tan sólo unos momentos bailaba en su asiento, ya moría. En ese momento Witold
comenzó a entender, de manera real, cómo era la desquiciada vida festiva en México; supo
que la hospitalidad mexicana es sólo una percepción extranjera amigable y que en cualquier
momento podría convertirse en un salvajismo de profunda irracionalidad. El polaco volvió a
sentarse, lento, aún sorprendido, ya sin mirar el cuerpo. Dirigió la mirada hacia la barra y vio al
hombre encargado de los tragos caminar hacia el teléfono, tranquilo, dispuesto a usarlo como
si no sucediera nada, quizás reportar un cadáver se había vuelto para él un procedimiento
sistemático. Tal vez, con el tiempo, el polaco termine entendiendo el país.
A Gombrowicz