Según se acercaba, oí el crepitar de una radio o un walkie-talkie y dos
hombres hablando. Oí otra radio detrás de él y me apuntaron con otra luz.
—Bueno, bueno… mira lo que tenemos aquí. ¿Otro allanamiento de morada,
Mickey ?
Ahora reconocía la voz: era el jefe de policía Tay lor; el padre de Troy.
—De allanamiento, nada. Estaba llamando.
—Claro, claro. ¿Y esa tarjeta que tienes en la mano?
Oh, oh.
—¿Necesita ay uda, jefe? —otro policía.
—No, lo tengo todo bajo control. Date la vuelta y pon las manos a la espalda.
Hice lo que me pedía. Debería haberlo esperado pero, aun así, me sorprendió
el chasquido de las esposas. El policía se acercó un poco más y me susurró:
—Ya me han contado que has aprovechado para pegar a mi chico cuando no
miraba.
—Pues se lo han contado mal. Se ha llevado lo que se merecía por meterse
con el alumno equivocado.
El jefe Tay lor tiró de mis brazos más de lo debido y sentí una punzada de
dolor en los hombros. Me llevó hasta la parte de delante de la casa. Allí había dos
coches de policía y avanzamos hacia ellos. El hombre abrió la puerta de atrás de
uno de ellos y me hizo entrar mientras me ponía la mano en la cabeza para que
no me golpeara.
Miré hacia la casa de la Murciélago, hacia la ventana en la que había luz al
llegar. De pronto, se abrió la cortina y apareció la anciana. Casi pego un alarido.
Aunque ella estaba lejos y y o dentro del coche, era evidente que me estaba
mirando directamente a los ojos. Movía la boca. Repetía lo mismo una y otra
vez, como un mantra. La observé mientras el jefe Tay lor se subía al coche. La
Murciélago quería decirme algo e intenté descifrar de qué se trataba.
El jefe arrancó y se incorporó al tráfico. La anciana empezó a repetir más y
más rápido lo que fuera que me decía, como si fuera vital que me enterara. Y
entonces me pareció que por fin entendía lo que me estaba diciendo. Pero no
podía ser. No podía ser que la Murciélago me estuviera repitiendo una y otra vez,
a la desesperada: « Salva a Ashley » .