descubrir qué había en el sótano; y si tenía que subir las escaleras y entrar en la
habitación de la Murciélago para conseguir respuestas, pues lo haría.
—¡Mickey, para!
—No puedo.
Me cogió del brazo y me di la vuelta.
—Espera un momento, ¿vale?
—Esa mariposa, o lo que coño fuera… —y me zafé suavemente de su mano
—, está en una fotografía que vi en esa casa. Una fotografía que tendrá cuarenta
o cincuenta años. Y también está en el letrero que hay en la tumba de mi padre.
No pienso esperar. Quiero respuestas.
Llegué a la puerta de atrás con la tarjeta de crédito en la mano. Pero cuando
intenté deslizaría por la ranura como el otro día… nada.
La cerradura era nueva, el pomo era nuevo y había unos refuerzos de acero
que el otro día no estaban. Miré a Ema.
—Sí que se han dado prisa, ¿no? ¿Y ahora, qué? —me preguntó.
—Ahora, te vas.
—Me temo que no —dijo tras fingir un bostezo.
—Vale, tú lo has querido —y me encogí de hombros.
Cuando llamé a la puerta, Ema ahogó un grito y dio dos pasos atrás.
No respondió nadie. Pegué la oreja a la puerta para escuchar. Nada. Llamé
más fuerte. Nada. Volví a llamar, aún más fuerte y, además, me puse a gritar.
—¡Eh, Murciélago! ¡Abre! ¡Abre ahora mismo!
—¡Mickey ! —Ema intentaba detenerme.
La ignoré y empecé a darle patadas a la puerta. Volví a llamar, esta vez a
puñetazos. Me daba igual, podían poner todos los refuerzos de acero que les diera
la gana; y o iba a entrar e iba a conseguir respuestas.
Justo entonces, recibí un potente cañonazo de luz en el lado. Ya sé que la luz
no dispara cañonazos, pero te juro que fue tan repentina y tan brillante que
incluso di un paso atrás y me protegí la cara con las manos como para
defenderme de un golpe. Noté cómo Ema, que estaba a mi derecha, salía
zumbando.
—¡No te muevas! —dijo una voz.
Y no lo hice, no. Ni siquiera sabía cómo reaccionar. Me pregunté si sería el
calvo, pero esta voz no tenía acento británico. Quien fuera, acercó la luz. Oí
pasos; eran más de uno: dos o tres.
No apartaban la luz de mi cara e iban acercándose más y más. Cerré los
ojos. No sabía si salir corriendo. No sabía quiénes serían. Pero y o era muy
rápido. Seguro que podía escapar, ¿no? Pero, entonces, pensé en Ema. Si salía
corriendo, puede que decidieran salir tras ella. Y a ella era más sencillo que la
alcanzaran. En cambio, si solo se centraban en mí, Ema podría escapar.
—No te muevas —dijo la misma voz; que, ahora, estaba a pocos metros.