—Volver a casa —respondí— y buscar información en Internet sobre el tal
Antoine LeMaire. Quedamos por la mañana y ponemos en común lo que
tengamos.
—Me parece bien —y abrió la puerta para bajarse—. Nos vemos mañana.
—Espera, que te llevo.
—No hace falta.
—¿Vives por aquí?
—Cerca. Hasta mañana.
—Espera.
Pero no esperó. Salió del coche y se puso a caminar por la calle. Pensé en
seguirla pero, de pronto, giró a la derecha y desapareció entre los árboles. No
quería dejar así el tema y a punto estuve de salir corriendo detrás de ella… pero
pensé que si y o tenía derecho a tener secretos, ella también.
Me preocupaba que mi tío estuviera en casa. Sabía que tenía un carné de
identidad falso, pero ¿cómo iba a explicar lo del coche? Cuando dio con mi
madre y conmigo la primera vez, en aquel parque de caravanas, y o me hacía
llamar Robert Johnson y trabajaba en una tienda de material de oficina; pero lo
de conducir ilegalmente hasta un salón de tatuajes… bueno, o a donde fuera.
Aparqué en el garaje, cogí algo de comer y fui a mi habitación. Busqué a
Antoine LeMaire en Google, pero no encontré nada; ni siquiera una página de
Facebook o una cuenta de Twitter. Nada de nada. Metí la dirección en el
MapQuest; en la fotografía de satélite que salió, el lugar parecía bastante sórdido.
Por lo visto, vivía puerta con puerta con una especie de bar de bailarinas llamado
Plan B. Fruncí el ceño y volví a plantearme adónde me estaba llevando la
búsqueda de Ashley. Miré la pared, donde estaban los grandes del baloncesto.
—¿Qué tiene que ver todo esto con Ashley ? —les pregunté.
Los pósteres no respondieron.
Oí ruidos en la planta de arriba y, al rato, a mi tío grit ando.
—¿¡Mickey !?
—¡Estoy haciendo los deberes! —era una frase mágica para mantener
alejados a los intrusos. Cuando la pronuncias, tus padres te dejan en paz. Funciona
mejor que una cruz con un vampiro.
Observé mi mesa y lo que había encima. Mi portátil estaba hecho polvo de
tanto viaje. Mi padre lo había comprado hacía tres años, en Perú, y desde
entonces había dado la vuelta al mundo varias veces. No tengo nada suy o…
porque me enseñó que las cosas son cosas. Mi padre no está en un anillo ni en un
reloj. Sus pertenencias no me confortarían. Tal y como me había dicho mi padre:
« las “cosas” no dan la felicidad» .
Curiosamente, este portátil me resultaba algo personal, más « él» que
cualquiera de los objetos más « típicos» . Mi padre había pasado mucho tiempo
trabajando delante de este portátil. En esta máquina había escrito cartas,