CAPÍTULO TRECE
—Pon la dirección en el GPS —me dijo Ema cuando subimos al coche.
—No.
—¿Por?
Había entendido la advertencia de Agente —aunque creo que era consciente
de ello antes de que él me lo dijera—. Del tal Antoine LeMaire sabía que había
entrado en el instituto sin permiso y había forzado la taquilla de Ashley y que
había asaltado al doctor Kent en su casa, también en busca de algo. En resumen,
que lo más probable es que fuera una persona peligrosa. Yo podía asumir los
riesgos porque la cosa iba conmigo, pero no quería que Ema y el Cuchara
corrieran ninguno… no fuera a ser que le pasase algo a su —ejem— chakra
rojo.
—Es tarde. Os voy a llevar a casa.
—… Será broma —dijo Ema.
—No. No pienso ir de noche.
—Pues paremos de camino en una tienda de lámparas —soltó el Cuchara.
—¿Para?
—Para comprarle una de esas lamparitas de bebé a Mickey ; que, por lo visto,
le da miedo la oscuridad.
—Sí —sonrió Ema—, el pequeño Mickey necesita una lamparita y una
mantita.
La miré y se encogió de hombros, como disculpándose.
—Deja al Cuchara primero.
Y así lo hice. El Cuchara me indicó el camino hasta una casa apareada en las
afueras de Kasselton. Había una furgoneta con un logotipo de dos fregonas
cruzadas aparcada en el camino al garaje. Vay a tela.
Cuando aparcamos, se abrió la puerta de la casa y aparecieron un hombre y
una mujer de unos cuarenta años. El hombre llevaba el uniforme de bedel y la
mujer un traje de falda y chaqueta. Él era blanco; ella, negra.
—¡Mamá! ¡Papá!
El Cuchara corrió por el camino y los tres se abrazaron como si acabasen de
liberarlo de un secuestro. Ema y y o observamos la escena en silencio. Sentí un
pinchacito de envidia… pero el de la responsabilidad fue mucho may or. Fíjate lo
felices que eran. No podía ponerlos en peligro ni a él ni a Ema.
El Cuchara nos señaló. Sus padres nos sonrieron y nos saludaron con la mano.
Les devolvimos el saludo.
—Vay a, menuda estampa.
—Ya te digo.
Entraron en casa.
—¿Cuál es el plan?