—Ponle a mi sobrino un SnowCap especial. Tengo que hablar con tu padre un
minuto. —Pues claro. Está en la trastienda.
Y desapareció. La chica me tendió la mano.
—Hola, soy Kimberly.
—Yo soy Mickey —y se la estreché.
—Siéntate ahí —y me señaló una silla—, que te voy a preparar un SnowCap
especial.
El especial era casi tan grande como un Volkswagen Escarabajo. Me lo trajo
con aquella sonrisa fascinante. Sentía curiosidad por saber por qué estaba en silla
de ruedas pero, claro, no se lo pregunté.
Miré la enorme copa de helado con nata montada y virutas de todo tipo.
—¿Se supone que tenemos que comernos esto solos?
—Se hará lo que se pueda.
Y nos pusimos a ello. No estoy exagerando, aquel especial era la cosa más
grande que nadie hubiera comido jamás. Empecé con tanta ansiedad que me
entró miedo de que me diera uno de esos dolores de cabeza por comer cosas
muy frías. Kimberly se lo estaba pasando bien observándome.
—¿Qué asuntos se traen entre manos mi tío y tu padre?
—Creo que tu tío ha descubierto una verdad absoluta.
—¿Cuál?
La chica dejó de sonreír y te juro que sentí una ráfaga de aire frío en la nuca.
—Que para proteger a los niños se hace lo que sea necesario.
—No te entiendo.
—Ya lo entenderás.
—¿Qué significa eso?
Parpadeó y miró hacia otro lado.
—Hace dieciséis años asesinaron a mi hermana may or. Tenía solamente
dieciséis años.
No sabía qué responder a eso.
—¿Y qué tiene que ver mi tío con eso? —respondí finalmente.
—No solo tu tío. Tu madre también tenía algo que ver. Y tu padre.
—A ver, no entiendo nada —y dejé la cuchara sobre la mesa—, ¿estás
diciendo que mis padres hicieron daño…?
—No, no, no —me interrumpió rápidamente—. Tus padres jamás le harían
daño a nadie. Jamás.
—¿De qué conoces a mis padres?
—No los conozco. Pero, Mickey … tienes que entender que nada de esto es
coincidencia.
Me daba vueltas la cabeza.
—No le digas a tu tío que te he dicho nada, ¿vale?
Asentí.