mirando el letrero.
—Mickey … —la voz de mi tío.
Ni le respondí ni reaccioné… porque no podía. Seguía mirando el letrero y
sentía como si el mundo diese vueltas a mi alrededor. Leí el nombre de mi padre,
escrito con tinta negra sobre el fondo blanco de una ficha. Pero esta vez vi algo
más: un dibujo. Era pequeño y estaba en una esquinita, pero no había duda de lo
que era: el emblema de la mariposa colorida con aquella especie de ojos en la
parte inferior de las alas… como la de las camisetas de la gente que aparecía en
aquella fotografía antigua que había visto en casa de la Murciélago.
Nos despedimos en el aeropuerto. Intercambiamos besos y abrazos. La abuela
nos dijo que fuéramos a pasar Acción de Gracias con ellos. No lo preguntó, no: lo
dijo. Me encantaba su forma de ser. Me arrepentía de que no hubieran formado
parte de mi vida hasta entonces, pero imagino que mamá tendría sus razones.
Ellos cogieron un avión con destino a Florida y nosotros c ogimos otro, media
hora más tarde, a Newark. El vuelo estaba lleno y mi tío se ofreció a sentarse en
el asiento del centro. Yo me senté en ventanilla. Entrábamos con calzador. Estos
asientos no están preparados para personas de nuestra estatura. Delante de
nosotros iban dos viejecitas. Los pies apenas les llegaban al suelo, pero eso no
impidió que reclinasen el asiento con vigor sobre nuestras rodillas. Pasé las
siguientes cuatro horas con los pelos ralos de una anciana en la cara…
En un momento del vuelo estuve a punto de preguntarle a mi tío acerca de lo
que había visto la noche anterior a las dos de la mañana, acerca de la mujer del
pelo negro como el carbón y de Carrie, pero no lo hice porque sabía que eso nos
llevaría a una conversación más extensa y no estaba de humor como para
abrirme.
Tras el aterrizaje, fuimos a por el coche al aparcamiento y tomamos la
autopista de Garden State. Ninguno de los dos dijimos nada durante los veinte
minutos que duró el viaje. Hasta que nos pasamos la salida.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Diez minutos después aparcamos en el centro comercial y mi tío me sonrió.
Miré por la ventanilla y volví a mirarle a él.
—¿Me traes a que coma un helado?
—Venga, vamos.
—Será broma, ¿no?
Una dependienta en silla de ruedas nos saludó cuando entramos en la
heladería SnowCap. Tendría poco más de veinte años y una sonrisa grande y
maravillosa.
—Eh, has vuelto —le dijo a mi tío—. ¿Qué deseáis?