REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 71

Según nos aproximábamos, se acercó a mí y me preguntó: —¿Estás bien? —Sí —y aceleré el paso. La tumba aún no tenía lápida. Nadie dijo nada durante largo rato. Estábamos allí, de pie; los cuatro. Los coches pasaban a toda velocidad por la autopista que había al lado del cementerio sin que sus ocupantes se preocuparan lo más mínimo porque allí hubiera una familia rota y desconsolada. Sin más, el abuelo empezó a recitar de memoria el kaddish, la oración hebrea para los muertos. No éramos nada religiosos, así que me quedé sorprendido. Imagino que hay cosas que se hacen por tradición, por seguir el ritual o por necesidad. —Yit’gadal v’yit’kadash sh’mei raba… Mi tío empezó a llorar. Era muy sensible —mucho; de esos que lloran con las tarjetas de cumpleaños dedicadas—. Aparté la mirada e intenté mantener la compostura. Me embargó un sentimiento extraño. No creía a la Murciélago pero, curiosamente, aquí, frente a la tumba de mi querido padre, echándolo tanto de menos que me habría arrancado el corazón, no me sentía nada conmovido. ¿A qué se debería? ¿Por qué no me rompía ante la tumba de mi padre? Y una vocecilla en mi cabeza me susurró: « Porque no está aquí» . El abuelo, que miraba al suelo con las manos entrelazadas, acabó la larga oración: —Aleinu v’al kol Yis’ra’eil v’im’ru. Amen. El tío y la abuela se unieron a él en aquel cuarto y definitivo « amén» , lo que hizo que la palabra resultase muy sonora. Yo permanecí callado. Nadie se movió durante varios minutos. Cada uno estábamos pensando en lo nuestro. Recordé la primera vez que había estado allí, durante el funeral de mi padre, con mi madre. Los dos, solos. Mamá estaba tan colocada que casi se cae, inconsciente. Me obligó a prometer que no le contaríamos a nadie que papá había muerto porque el tío My ron diría que no estaba preparada para cuidar de mí y pediría mi custodia. Miré el cartel que había en el suelo y que estaría allí hasta que la lápida estuviera preparada. Aquel primer día también estaba. « Brad Bolitar» , escrito con tinta negra sobre el fondo blanco de una ficha metida en una caja impermeable. Un minuto después, el abuelo movió la cabeza de lado a lado y dijo: —Esto no debería ser así —y miró al cielo—. Un padre no debe recitar el kaddish por sus hijos. Tras lo que empezó a desandar el camino hacia el coche. El tío y la abuela le siguieron. Me miraron, pero di un paso hacia la tierra revuelta. Mi padre, el hombre al que más había querido en la vida, y acía allí, a dos metros bajo tierra. Pero y o no lo sentía así; lo que no implicaba que no fuera cierto. Me quedé