Según nos aproximábamos, se acercó a mí y me preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí —y aceleré el paso.
La tumba aún no tenía lápida.
Nadie dijo nada durante largo rato. Estábamos allí, de pie; los cuatro. Los
coches pasaban a toda velocidad por la autopista que había al lado del cementerio
sin que sus ocupantes se preocuparan lo más mínimo porque allí hubiera una
familia rota y desconsolada. Sin más, el abuelo empezó a recitar de memoria el
kaddish, la oración hebrea para los muertos. No éramos nada religiosos, así que
me quedé sorprendido. Imagino que hay cosas que se hacen por tradición, por
seguir el ritual o por necesidad.
—Yit’gadal v’yit’kadash sh’mei raba…
Mi tío empezó a llorar. Era muy sensible —mucho; de esos que lloran con las
tarjetas de cumpleaños dedicadas—. Aparté la mirada e intenté mantener la
compostura. Me embargó un sentimiento extraño. No creía a la Murciélago pero,
curiosamente, aquí, frente a la tumba de mi querido padre, echándolo tanto de
menos que me habría arrancado el corazón, no me sentía nada conmovido. ¿A
qué se debería? ¿Por qué no me rompía ante la tumba de mi padre? Y una
vocecilla en mi cabeza me susurró: « Porque no está aquí» .
El abuelo, que miraba al suelo con las manos entrelazadas, acabó la larga
oración:
—Aleinu v’al kol Yis’ra’eil v’im’ru. Amen.
El tío y la abuela se unieron a él en aquel cuarto y definitivo « amén» , lo que
hizo que la palabra resultase muy sonora. Yo permanecí callado. Nadie se movió
durante varios minutos. Cada uno estábamos pensando en lo nuestro.
Recordé la primera vez que había estado allí, durante el funeral de mi padre,
con mi madre. Los dos, solos. Mamá estaba tan colocada que casi se cae,
inconsciente. Me obligó a prometer que no le contaríamos a nadie que papá había
muerto porque el tío My ron diría que no estaba preparada para cuidar de mí y
pediría mi custodia.
Miré el cartel que había en el suelo y que estaría allí hasta que la lápida
estuviera preparada. Aquel primer día también estaba. « Brad Bolitar» , escrito
con tinta negra sobre el fondo blanco de una ficha metida en una caja
impermeable.
Un minuto después, el abuelo movió la cabeza de lado a lado y dijo:
—Esto no debería ser así —y miró al cielo—. Un padre no debe recitar el
kaddish por sus hijos.
Tras lo que empezó a desandar el camino hacia el coche. El tío y la abuela le
siguieron. Me miraron, pero di un paso hacia la tierra revuelta. Mi padre, el
hombre al que más había querido en la vida, y acía allí, a dos metros bajo tierra.
Pero y o no lo sentía así; lo que no implicaba que no fuera cierto. Me quedé