natural, querían ver el lugar en el que descansaba su hijo. Y y o también quería
volver a verlo.
—No, no lo canceles.
Asintió y no volvimos a hablar. Cuando llegamos a casa, bajé corriendo al
sótano, cerré la puerta tras de mí y me puse a hacer los deberes. La señora
Friedman nos había pedido que hiciéramos una redacción sobre la Revolución
Francesa. Me puse a ello e intenté concentrarme con todas mis fuerzas para no
pensar en otras cosas. Hago pesas cuatro veces a la semana, pero hoy me lo
había saltado; así que me tumbé en el suelo e hice tres tandas de sesenta
flexiones. Me sentaron genial. Me di una ducha. A medianoche, me tumbé en la
cama e intenté leer un libro, pero me costaba mucho, como si hubiera niebla.
Apagué la luz y me quedé a oscuras.
No iba a poder dormir. Mi tío no había puesto televisión aquí abajo. Me
planteé subir al cuarto de estar para ver SportsCenter o algo, pero no quería
encontrarme con él. Cogí el móvil y le mandé el enésimo mensaje a Ashley.
Esperé a que respondiera; pero nada, claro está. Se me pasó por la cabeza
contárselo al señor Waters pero ¿qué iba a decirle exactamente? Y lo estuve
pensando unos minutos. Abrí el portátil y empecé a hacer búsquedas sobre los
padres de Ashley, pero no llegué muy lejos. El señor Kent era médico cardiólogo
en el hospital Valley. Y la señora Kent, según la propia Ashley, era abogada en un
importante despacho de Roseland. ¿Y?
A la una de la madrugada vibró el móvil. Me levanté de un salto para cogerlo
con la esperanza de que fuera Ashley. Pero no, era Ema: « ¿Estás despierto?» .
Le respondí que sí.
« ¿Entramos en casa de la Murciélago otra vez mañana?» .
« No puedo. Vuelo a L. A.» .
« ¿Por?» .
En ese momento, hice algo que no suelo hacer: contar la verdad.
« Voy a visitar la tumba de mi padre» .
Hasta y o me quedé sorprendido.
Cuando a los cinco minutos no me había respondido, empecé a arrepentirme.
¿Quién suelta algo así, sin más? Quizá hubiera tenido un momento de debilidad;
emocionalmente, había sido un día terrible, confuso. Pensé en qué escribir, en
cómo dar marcha atrás, cuando me llegó otro mensaje de Ema: « Mira en el
patio» .
Bajé de la cama, me acerqué a la ventana del lavadero y vi a alguien que se
parecía a Ema haciendo que la luz de su móvil resplandeciera.
« Dame tres minutos» , le escribí.
Pero tardé incluso menos. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta y
salí al patio. Ema iba vestida de negro, con su rollo gótico, a lo vampiro —pero
claro, de qué me sorprendía—. Llevaba unos pendientes con una calavera sobre