—Lo siento, Mickey —y se echó a llorar—. Lo siento mucho.
—Todo se va a arreglar.
—Por favor, no me odies…
—No te odio. ¿Cómo iba a odiarte?
La llevamos a la clínica de rehabilitación. Christine Shippee nos recibió en el
vestíbulo, tomó a mi madre de la mano y se la llevó más allá de la puerta de
seguridad, que se cerró de golpe e impidió que los patéticos gimoteos de mi
madre se siguiesen escuchando. Miré a mi tío. Puede que hubiera lástima en su
mirada, pero lo que realmente había era indignación.
Christine Shippee volvió a los pocos minutos. Llevaba ese paso típico suy o de
« nada de tonterías conmigo» . Antes, eso me daba confianza. Pero y a no.
—Kitty no puede recibir visitas durante, al menos, las próximas tres semanas.
No me hizo gracia.
—¿Ni la mía?
—No puede recibir visitas, Mickey —dijo mientras me miraba fijamente—.
Ni tú.
—¿Tres semanas?
—Como poco.
—¡No me jodas!
—Sabemos lo que hacemos.
—Sí, claro, y a lo veo —solté con sarcasmo.
—Mickey … —dijo mi tío.
—Solo hay que fijarse —no había acabado— en el buen trabajo que habéis
hecho hasta ahora.
—No es raro que un adicto recaiga. Te avisé, ¿recuerdas?
Pensé en la manera en la que me había sonreído mi madre; en cómo me
había dicho que estaba en casa, preparando los espaguetis con albóndigas; en
cómo, incluso, había mejorado aquel menú fantasma con pan de ajo. Mentiras,
mentiras y más mentiras.
Salí de allí hecho una furia. El cielo era como un lienzo negro; no había ni una
sola estrella. Busqué la Luna, pero fui incapaz de encontrarla. Tenía ganas de
gritar… de darle golpes a algo. Mi tío salió unos cuantos minutos después y abrió
el coche.
—Lo siento mucho, de verdad.
No respondí. Él odiaba a mi madre y sabía que esto iba a pasar. Seguro que se
alegraba de tener razón. En el coche, nos mantuvimos en silencio. Al rato, dijo:
—Si quieres, podemos cancelar el viaje a Los Ángeles.
Lo pensé. Aquí no podía hacer nada; Christine había dejado claro que no me
dejaría ver a mi madre. Además, mis abuelos y a iban de camino. Como es