CAPÍTULO NUEVE
El hotel de carretera Los anillos de Saturno estaba situado bajo un paso elevado
de la Ruta 22. El cartel de neón anunciaba tarifas por horas, Internet gratis y
televisión en color —como si la de la competencia fuera en blanco y negro—. El
motel era, tal y como sugería el nombre, redondo; pero eso no era lo primero
que te llamaba la atención. Lo primero que te llamaba la atención era la
suciedad. Los anillos de Saturno era un lugar cutre y sucio que te hacía suspirar
por una ducha de lejía.
El Ford Taurus de mi tío —el coche con el que mamá me había llevado al
instituto hace solo diez horas, ese en el que iba canturreando al ritmo que
marcaba la radio y en el que me escribió un justificante por llegar tarde—,
estaba en el aparcamiento. Mi tío le había puesto un GPS. No sé por qué. Quizá
sospechase que algo así podía pasar. Nos quedamos unos instantes en silencio,
mirando el coche.
Mujeres vestidas de forma provocativa, con tacones excesivamente altos,
pasaban tambaleándose a nuestro lado. Tenían los ojos vacíos y las mejillas
hundidas, como si la Muerte y a hubiera venido a llevarse parte de ellas.
Oía mi propia respiración, superficial.
—¿Hay alguna posibilidad de que te convenza para que no entres?
Ni le contesté. Entramos juntos. Me pregunté cómo iba a descubrir mi tío en
qué habitación estaba, pero tampoco le costó mucho. El vestíbulo era tan pequeño
que apenas había sitio para la máquina expendedora. El hombre de recepción
llevaba una camiseta interior que solo le tapaba la mitad de su gran tripa. Mi tío le
deslizó por el mostrador un billete de cien dólares y formuló la pregunta. El
hombre lo hizo desaparecer, eructó y dijo:
—Habitación 2-12, en el anillo C.
Fuimos en silencio hasta la habitación. Me gustaría decir que albergaba
esperanza, pero si me quedaba algo, la había desterrado. Hace menos de un año
éramos una familia sana y feliz y considerábamos que eso era lo normal.
Desterré también ese pensamiento. Basta de compasión.
Intercambiamos una mirada ante la puerta de la habitación. Dudó, así que
tomé y o la iniciativa. Llamé a la puerta con todas mis fuerzas. Esperamos a que
alguien abriera. Nada. Volví a aporrear la puerta. Pegué la oreja. Nada de nada.
Mi tío buscó a la doncella de planta. Esta vez le costó veinte dólares. La muje