—¿Vendrás mañana?
Había estado intentando evitar la conversación, pero justo en ese momento
recordé que, al día siguiente, mi madre, mi tío y y o volábamos a Los Ángeles
para visitar la tumba de mi padre. Era un viaje que no quería hacer… pero que
tenía que hacer.
—No, mañana no.
—Qué pena, tío. Hoy hemos jugado muy bien.
—Sí. Gracias por elegirme.
—Elijo para ganar —respondió con una sonrisa en los labios.
Antes de marcharse, se asomó al interior del coche y le dio un beso en la
mejilla a su padre. Volví a sentir envidia. El señor Waters le dijo a Ty rell que no
olvidase hacer los deberes.
—No, papá —con el mismo tono de exasperación que usaba y o con el mío.
Me senté delante.
—Bueno —dijo el señor Waters en cuanto tomamos la Interestatal 80—, ¿qué
pasaba con el calvo del coche negro?
No sabía por dónde empezar. No quería mentirle, pero no sabía cómo
explicárselo… No podía contarle que había entrado sin permiso en una casa ni
nada de eso.
—Creo que me está siguiendo —dije finalmente.
—¿Y quién es?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No.
—Sabes que soy investigador del condado, ¿verdad? —me dijo después de
reflexionar un rato.
—Sí, señor. Eso es como ser policía, ¿verdad?
—Exactamente. Y, ¿sabes?, y o estaba justo al lado del tipo mientras jugabais.
Nunca lo había visto por la cancha. Apenas se ha movido. Estaba ahí, plantado,
con su traje negro. No ha animado. No ha vitoreado. No ha dicho nada. Y
tampoco te ha quitado ojo.
No sabía cómo podía estar seguro —por lo de las gafas de sol del tipo— pero
sabía a qué se refería. Nos quedamos callados un par de minutos, tras lo que dijo
algo que me sorprendió.
—Así que, mientras jugabais el último partido, me he tomado la libertad d