—O algo así.
Intenté llegar a alguna conclusión, pero no se me ocurría nada.
—¿Y eso qué significa?
Llegamos a casa de mi tío. Detuvo el motor y se giró hacia mí.
—¿La verdad? No lo sé. Pero no huele bien. Tú, ten cuidado, ¿vale?
—Vale.
—Si vuelves a ver al calvo, no lo persigas, me llamas. ¿Entendido?
Echó mano a la cartera y me tendió su tarjeta: « Joshua Waters, Investigador
del Condado de Essex» . Abajo del todo venía un teléfono. Le di las gracias y
bajé del coche. Arrancó y se despidió con la mano. Mientras recorría —
cansadísimo—, el caminito que llevaba a la puerta de casa me pareció que olía a
ajo… pero bien podría haberlo imaginado. Abrí con la llave.
—¡Ya he llegado!
Nada.
—¡Hola! ¿Mamá? —esta vez grité más alto.
Nada.
Fui a la cocina. Allí no olía a ajo. Miré la hora: las seis. Puede que aún no
hubiera vuelto de la terapia. Seguro. Abrí la nevera para coger algo de beber… y
enseguida vi que allí no había comida nueva. ¿No me había dicho que había ido al
súper? Me dio un vuelco el corazón.
La llamé al móvil. Colgué al quinto tono. « Vale, Mickey, tranquilízate» .
Pero me resultaba imposible. Noté que vibraba el móvil y sentí cierto alivio.
Seguro que era mi madre. Pero no, era el Cuchara. Empecé a ponerme
frenético. Pulsé « Rechazar» y marqué el número de la Clínica de Rehabilitación
Coddington. Pregunté por Christine Shippee y, en cuanto se puso, le pregunté:
—¿Sigue ahí mi madre?
—¿Cómo dices? ¿Por qué iba a estar aquí?
Otro vuelco.
—¿No tenía terapia externa esta tarde?
—No… —seguido de—: Oh, no. ¿Qué pasa, Mickey ? ¿Dónde está?
Mira si seré idiota, que salí a la calle con la esperanza de ver aparecer a mi
madre. Me embargaban las emociones… y quería que dejaran de hacerlo. No
quería sentir nada. Lo deseaba con toda mi alma… Deseaba hacerme más y
más pequeño, hasta desaparecer… y entonces me di cuenta de que así era
exactamente como se sentía mi madre. Y mira adónde la había llevado.
Volví a llamarla al móvil. Esta vez esperé a que saltase el buzón de voz:
« Hola, soy Kitty. Deja un mensaje después de la señal» . Tragué saliva e intenté
—sin éxito— desterrar el tono de súplica de mi voz.
—Mamá, llámame, por favor. Por favor.