REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 56

contrario. Me miraba extrañado—. ¡Venga, tío! Eché a correr detrás de él, desmarcándome hacia el poste bajo. Íbamos ganando 5-4. Jugamos a 10 puntos, donde todas las canastas valen uno. Nada de pitar las faltas —si te empujan, empujas—. Quería salir de la cancha y a mismo, pero no puedes hacer eso en este tipo de partidos. Volví a mirar hacia la valla. Aunque el calvo llevaba las gafas de aviador y no podía verle los ojos, no me cabía duda de a quién estaba mirando: a mí. Me puse debajo del poste y pedí la bola. El tipo que me cubría medía más de 2,05 y estaba fornido. Luchábamos por la posición. Tenía que conseguir que este partido terminara antes de que el tipo de casa d e la Murciélago desapareciera. Me convertí en un diablo. Recibí el balón, me colé hacia el centro y lancé un gancho a lo Kareem Abdul-Jabbar que entró limpiamente. El calvo me observaba sin decir palabra. Puse la directa y encesté las tres siguientes canastas. Tres minutos después, con el marcador 9-4, Ty rell abrió camino con un bloqueo de izquierdas y me cedió el balón, amagué el tiro en la línea de triple, pivote hacia la izquierda, salté hacia atrás y clavé un tiro con el brazo estirado a pesar de tener delante un tío que medía al menos 2,15. La gente se volvió loca. Final. Ty rell me ofreció el puño para que se lo chocara y lo hice a la carrera. —¡Qué tiro! —¡Qué pase! —respondí mientras salía de la cancha. —¡Eh, ¿adónde vas?! —¡No puedo jugar el siguiente! —¡Será broma! ¡Pero si es el último! ¡Podemos meterles una paliza! — Ty rell sabía que algo iba mal; y o nunca renunciaba a jugar. El calvo seguía allí, entre la multitud, pero en cuanto vio que me acercaba, empezó a marcharse. No quería ponerme a gritar —al menos, de momento—, así que no corrí. Tuve que dar la vuelta al campo por culpa de la valla. Ty rell se acercó a mí corriendo. —¿Qué pasa, tío? —Nada, nada. Ahora vuelvo. No quería echar a correr porque llamaría mucho la atención, así que apreté el paso. Al otro lado de la valla, los mendigos me rodearon al tiempo que levantaban la mano para que se la chocara, me animaban y, cómo no, me daban consejos: —Tienes que trabajar más la izquierda, tío… —Usa el paso de caída y, después, te cruzas hacia la línea de fondo… —Chaval, tienes que esforzarte más en el rebote. Como… Era difícil apresurarse sin resultar maleducado, pero el calvo estaba a punto de doblar la esquina; el tipo avanzaba sin prisa, pero sin pausa y no quería perderle.