REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 55

blancos que vienen aquí después del cole porque, aunque se diga lo contrario, aún hay muchos prejuicios y segregación racial. El asfalto de ambas canchas estaba cuarteado. De los aros colgaban redes de metal oxidadas en vez de redes de nailon. El tablero estaba abollado y le faltaban pedazos. Había empezado a venir aquí hace cosa de un mes. Como es normal, fui recibido con escepticismo. Pero lo bueno del baloncesto es que o sabes jugar o no sabes. Y, aunque pueda sonar presuntuoso, y o sabía. Los habituales todavía me miraban raro y seguía recibiendo retos por ser el nuevo pero, a mí, todo eso me molaba. Los equipos se eligen al principio. Jugamos a lo largo de todo el campo; cinco contra cinco; los que ganan siguen jugando, los que pierden se sientan —de esta manera, el partido es más emocionante: nadie quiere quedarse sentado—. Lo más parecido que tenía aquí a un amigo era Ty rell Waters, un base de tercero que jugaba en el Instituto Weequahic. Posiblemente sea el único chico con el que me siento a gusto de todos los que he conocido aquí (principalmente, porque aquí apenas se habla; se juega). Ty rell había dejado con la boca abierta a algunos de los habituales al elegirme en primer lugar. Ganamos los cuatro primeros partidos con facilidad. Para el quinto, algunos de los tipos de la banda reorganizaron los demás equipos para ponérnoslo más difícil. Me encanta la competición… pero durante el quinto partido perdí un poco la concentración. Este tipo de partidos en el parque atraen a muchas personas (increíblemente diferentes). Los matones locales —Ty rell me ha contado que se trata de pandilleros curtidos— se quedan a lo lejos y observan. A la derecha siempre hay un grupo de gente sin hogar que nos anima y nos jalea como verdaderos aficionados; nos aplaude o nos abuchea, y apuesta botellas de alcohol por nosotros. Más cerca, apoy ados en las vallas, solía haber una mezcla de entrenadores locales, padres comprometidos, agentes del tres al cuarto y ojeadores de otros institutos —e incluso de universidades—. Siempre había al menos un tipo —pero normalmente eran más— filmando los partidos con el objeto de reclutar a futuras estrellas. Íbamos por la mitad del quinto partidillo cuando vi algo que hizo que me detuviera en seco. Por un instante, cuando bajábamos a defender, miré hacia la gente que se agolpaba tras las vallas. En la esquina de la derecha estaba el reclutador de una escuela parroquial con equipos deportivos muy potentes. Hace unos días se había acercado a mí, pero no me interesaba su oferta. A su lado estaba el padre de Ty rell, un investigador de la oficina del fiscal del Condado de Essex al que le encantaba hablar de cómo se juega a baloncesto y que a veces nos llevaba a Ty rell y a mí a tomar un batido después del partido. A su lado, el tercero por la derecha, de pie, con sus gafas de aviador y su traje negro, estaba el calvo que había visto en la casa de la Murciélago. Me quedé de piedra. —¡Mickey ! —era Ty rell. Llevaba el balón y avanzaba hacia el campo