blancos que vienen aquí después del cole porque, aunque se diga lo contrario, aún
hay muchos prejuicios y segregación racial.
El asfalto de ambas canchas estaba cuarteado. De los aros colgaban redes de
metal oxidadas en vez de redes de nailon. El tablero estaba abollado y le faltaban
pedazos. Había empezado a venir aquí hace cosa de un mes. Como es normal, fui
recibido con escepticismo. Pero lo bueno del baloncesto es que o sabes jugar o no
sabes. Y, aunque pueda sonar presuntuoso, y o sabía. Los habituales todavía me
miraban raro y seguía recibiendo retos por ser el nuevo pero, a mí, todo eso me
molaba.
Los equipos se eligen al principio. Jugamos a lo largo de todo el campo; cinco
contra cinco; los que ganan siguen jugando, los que pierden se sientan —de esta
manera, el partido es más emocionante: nadie quiere quedarse sentado—. Lo
más parecido que tenía aquí a un amigo era Ty rell Waters, un base de tercero
que jugaba en el Instituto Weequahic. Posiblemente sea el único chico con el que
me siento a gusto de todos los que he conocido aquí (principalmente, porque aquí
apenas se habla; se juega).
Ty rell había dejado con la boca abierta a algunos de los habituales al
elegirme en primer lugar. Ganamos los cuatro primeros partidos con facilidad.
Para el quinto, algunos de los tipos de la banda reorganizaron los demás equipos
para ponérnoslo más difícil. Me encanta la competición… pero durante el quinto
partido perdí un poco la concentración. Este tipo de partidos en el parque atraen a
muchas personas (increíblemente diferentes). Los matones locales —Ty rell me
ha contado que se trata de pandilleros curtidos— se quedan a lo lejos y observan.
A la derecha siempre hay un grupo de gente sin hogar que nos anima y nos jalea
como verdaderos aficionados; nos aplaude o nos abuchea, y apuesta botellas de
alcohol por nosotros. Más cerca, apoy ados en las vallas, solía haber una mezcla
de entrenadores locales, padres comprometidos, agentes del tres al cuarto y
ojeadores de otros institutos —e incluso de universidades—. Siempre había al
menos un tipo —pero normalmente eran más— filmando los partidos con el
objeto de reclutar a futuras estrellas.
Íbamos por la mitad del quinto partidillo cuando vi algo que hizo que me
detuviera en seco. Por un instante, cuando bajábamos a defender, miré hacia la
gente que se agolpaba tras las vallas. En la esquina de la derecha estaba el
reclutador de una escuela parroquial con equipos deportivos muy potentes. Hace
unos días se había acercado a mí, pero no me interesaba su oferta. A su lado
estaba el padre de Ty rell, un investigador de la oficina del fiscal del Condado de
Essex al que le encantaba hablar de cómo se juega a baloncesto y que a veces
nos llevaba a Ty rell y a mí a tomar un batido después del partido. A su lado, el
tercero por la derecha, de pie, con sus gafas de aviador y su traje negro, estaba
el calvo que había visto en la casa de la Murciélago. Me quedé de piedra.
—¡Mickey ! —era Ty rell. Llevaba el balón y avanzaba hacia el campo