CAPÍTULO OCHO
No dejé de preocuparme por mi madre en todo el día. Intercambiamos unos
cuantos mensajes y parecía animada. Cuando sonó el timbre de final de clases,
busqué una esquina tranquila fuera del colegio y la llamé al móvil. Respondió al
tercer tono.
—Hola, hijo.
Su voz sonaba cantarina, así que me relajé.
—¿Dónde estás?
—En casa, haciendo la cena.
—¿Todo bien?
—Todo bien, cariño. He ido al súper y a por algo de ropa a los grandes
almacenes. Incluso he comido unas galletitas saladas en uno de los restaurantes.
Puede que parezca aburrido, pero ha sido un día estupendo.
—Me alegro.
—¿Qué tal el insti?
—Bien. Oy e, ¿qué quieres que hagamos esta tarde?
—Tengo terapia externa, ¿recuerdas?
—Ay, es verdad.
—Además, ¿no es hoy el día que vas a jugar a baloncesto?
Hoy era el día que iba a jugar una pachanga a Newark.
—Sí, suelo ir.
—¿Entonces?
—Había pensado que podía saltármelo.
—Hijo, no cambies tus planes por mí. Ve a jugar, que y o iré a terapia. Para
cuando llegues a casa, los espaguetis con albóndigas estarán listos. Ah, por cierto,
también voy a hacer pan de ajo —genial, me encantaba el pan de ajo; se me
estaba haciendo la boca agua—. ¿Estarás en casa a las seis?
—Claro.
—Genial. Te quiero, hijo.
Le dije que y o también la quería y colgué.
La parada de autobuses está en Northvale Avenue, a unos setecientos metros
del instituto. La may oría de las personas que cogen el autobús de Newark son
señoras de la limpieza y canguros que vuelven, exhaustas, a su casa tras pasar el
día trabajando en poblaciones más adineradas. Todos me miraban raro y, muy
probablemente, se preguntaban qué haría este blanquito en el autobús.
Los jardines de la gente acaudalada de Kasselton estaban a poco más de diez
kilómetros de las calles grises de Newark, pero parecía que cada uno de los
pueblos perteneciera a planetas diferentes. Me han dicho que Newark está
mejorando; y aunque hay zonas nuevas, lo que prevalece es lo viejo, lo pobre.
No obstante, allí es donde se juega el mejor baloncesto. Yo soy uno de los pocos