—Es agua pasada.
No se daba cuenta de que había cuidado de mí toda la vida. Ahora me tocaba
a mí cuidar de ella.
Tarareaba mientras deshacía la maleta. Me preguntó qué tal me iba en el
instituto y con el baloncesto. Se lo conté a grandes rasgos. No quería que se
preocupara, así que no le conté nada de Ashley ni, evidentemente, de la
Murciélago y de lo que había dicho de papá. A ver, no me malinterpretes, quería
contárselo todo —y a te he dicho que mi madre tiene una mentalidad muy abierta
—, es solo que no es el tipo de cosas que le cuentas a una persona el mismo día
en que sale de la clínica. Podía esperar.
Me vibró el móvil. Era el Cuchara. Era la tercera vez que me llamaba esta
mañana.
—¿Por qué no lo coges?
—Bah, es uno del instituto.
—¿Un amigo? —y puso cara de que se alegraba.
—Algo así.
—Mickey, no seas descortés. Contesta.
Así que fui al vestíbulo y contesté.
—¿Hola?
—Solo los pavos macho gluglutean. Lo de las hembras es más parecido a un
chasquido.
¿Para esto llevaba toda la mañana llamándome? Qué chiflado.
—Vale, tío… pero es que estoy un poco ocupado.
—Nos hemos olvidado de la taquilla de Ashley.
—¿Cómo?
—Ashley. Tenía taquilla, ¿verdad?
—Sí.
—Puede que hay a alguna pista dentro.
« Es un genio» , pensé. Pero no quería dejar sola a mamá.
—Te llamo más tarde.
Le di a « Finalizar» y volví al dormitorio.
—¿Qué quería?
—Bah, una cosa del instituto.
—¿El qué?
—Nada, una bobada.
Consultó el reloj. Eran las ocho y media.
—Vas a llegar tarde.
—Había pensado quedarme contigo.
—¿Y no ir al colegio? —dijo tras enarcar una ceja—. Ni mucho menos. No te
preocupes por mí, tengo muchas cosas que hacer. Tengo que comprar más ropa,
tengo que ir a hacer la compra para la cena y tengo que volver a Coddington por