a soltarle a mi padre que, seguramente, el bebé —y o— ni siquiera fuese suy o.
Aquello terminó en una discusión tal que los llevaría a separarse para siempre. Y
todo esto lo sé porque mi madre me lo ha contado. Nunca le ha perdonado a mi
tío lo que dijo de ella. Pero mírala, fresca como una rosa, recién salida de
rehabilitación y dejando de lado el pasado. Sorprendente —tanto para mí como
para él— pero, probablemente, la mejor señal de todas.
Mi tío nos dejó en casa y se marchó, tal y como había prometido.
—Si necesitáis alguna cosa, estaré en la oficina. El otro coche está en el
garaje, por si lo necesitáis.
—Gracias —dijo mamá—. Gracias por todo.
Mi tío había transformado el despacho de la planta baja en un dormitorio para
mi madre. Yo seguiría en el sótano; y él, en la habitación principal, arriba. Antes
de que y o entrara en su vida, mi tío pasaba muchas noches en un famoso edificio
de apartamentos de Manhattan y albergaba la esperanza de que volviera a ser así
ahora que mamá estaba en casa. Necesitábamos algo de privacidad para volver
a ponernos en pie y encontrar un lugar en el que vivir.
Mi madre fue directamente a su habitación.
—¿Y esto? —dijo con una sonrisa en los labios cuando vio la ropa que había
sobre la cama.
—Te he comprado algunas cosillas.
No era gran cosa: unos vaqueros y unas camisetas de la sección de rebajas
de los grandes almacenes. Pero lo suficiente para empezar. Se acercó a mí y me
dio un abrazo.
—¿Sabes qué?
—¿Qué? —respondí.
—Nos va a ir bien.
Me vino a la mente una vez, con mi padre y con mi madre, en Ghana. Yo
tendría doce años y estábamos pasando allí tres meses. Trabajaban en un
proy ecto humanitario para el Refugio Abeona, una asociación que se dedicaba a
cuidar y dar de comer a niños pobres y en peligro. A menudo, mi padre tenía que
marcharse a desempeñar misiones en lugares aún más remotos y nos dejaba
solos dos o tres días. Una noche que se había ido, me desperté temblando y con
mucha fiebre. Me sentía tan mal que pensaba que me moría. Mamá me llevó al
hospital a todo correr. Resultó que tenía malaria. Estaba mareado, como aturdido,
y convencido de que no iba a salir de aquella. Durante los siguientes tres días, mi
madre no se separó de mí ni un momento. Me cogía de la mano y me decía que
me iba a poner bien. Y era el tono que utilizaba lo que hacía que le crey era. El
tono que utilizó a continuación.
—Lo siento mucho.
—No pasa nada.
—Lo que hice…