Kitty —por alguna razón, quería que la llamase así, pero y o nunca lo hacía—
me dio un abrazo y me cogió la cara entre las manos.
—Te quiero mucho.
—Y y o a ti, mamá.
Me guiñó el ojo y señaló la puerta.
—Vámonos de aquí antes de que cambien de opinión.
—Buena idea.
Mi madre se llamaba Kitty Hammer, como he dicho antes, y si te suena su
nombre, debes de ser un tipo muy metido en el mundo del tenis. Con dieciséis
años fue la número uno en la clasificación de tenistas femeninas juveniles.
Mamá iba camino de convertirse en la próxima Venus, Billie Jean o Steffi… pero
algo dinamitó su carrera: se quedó embarazada de un servidor.
Creo que el mundo no estaba listo para la relación de mis padres, así que se
fugaron. Todo el mundo dijo que aquello no duraría. Pero todo el mundo se
equivocó. Mis padres se casaron y vivieron una historia de amor de lo más cursi
—hasta el punto de sentir vergüenza ajena de ellos cuando crecí—. Pero era ese
tipo de amor que da envidia.
Siempre había pensado que quería conocer ese tipo de amor algún día.
¿Quién no, verdad? Pero y a no quiero. El problema de un amor tan apasionado es
lo que sucede cuando lo pierdes. Un amor así hace que dos personas se
conviertan en una sola; así que cuando mi padre murió, fue como rasgar una sola
entidad por la mitad… por lo que mi madre también quedó destruida. Vi cómo se
desmoronaba cuando enterramos a papá… como una marioneta a la que le han
cortado los hilos. Y y o no podía hacer nada.
De todo aquello extraje una conclusión: el amor obsesivo, como el que sale
en las novelas, no es para mí. El precio a pagar al final es demasiado alto.
Aunque Ashley me gustaba mucho —y me preocupaba por ella y me gustaba su
compañía— nunca dejaría que ni ella ni ninguna otra chica se acercase
demasiado. Quizá se hubiera dado cuenta. Quizá por eso se hubiera marchado sin
decirme nada. Y quizá por eso debiera dejar de buscarla.
El tío My ron nos esperaba cerca del coche. Me puse tenso según nos
acercábamos. Decir que la relación entre mi madre y mi tío era mala era decir
poco. Se odiaban. Al fin y al cabo, fue mi tío quien la amenazó hace seis
semanas con quitarle mi custodia si no llevaba a cabo una rehabilitación
intensiva. Por eso me sorprendió que se acercara a él y le diera un beso en la
mejilla.
—Gracias.
Mi tío asintió, pero no dijo nada.
Mi madre siempre había sido espantosamente sincera conmigo. Acababa de
cumplir los diecisiete cuando se quedó embarazada y mi padre tenía diecinueve.
Mi tío pensó que había querido pescar a mi padre. Le dijo de todo e incluso llegó