la tarde para una sesión de terapia externa. Vamos, te llevo.
¿Qué iba a decir ante aquel alegato? Cogí la mochila. En el coche, mamá
puso la radio y se tiró todo el viaje canturreando. Normalmente, desafinaba y
cantaba demasiado alto, y y o ponía los ojos en blanco; pero hoy no lo hizo, así
que cerré los ojos en el asiento del copiloto y la escuché.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí esperanza. La mujer que me llevaba
al colegio era mi madre. La drogadicta de hace seis meses no lo era. Eso es lo
que no te dicen. Las drogas no solo la habían cambiado… le robaron su
verdadero « y o» y la convirtieron en algo que no era.
Se detuvo frente al colegio. No quería dejarla sola, pero me repitió que no me
preocupara.
—Ahora voy a ir al supermercado y, después, prepararé la mejor cena de la
historia.
—¿Qué vas a hacer? —era una gran cocinera. A lo largo de los años que
habíamos pasado en tierras exóticas, había aprendido a preparar todo tipo de
platos exóticos.
—Espaguetis con albóndigas —dijo en voz baja y tras inclinarse hacia mí,
como si fuera un secreto.
Joder, qué bueno. Cómo molaba. Mamá sabía perfectamente que sus
espaguetis con albóndigas eran mi plato preferido. Comida casera de la buena.
Me cogió la cara entre sus manos. Tenía esa costumbre.
—Mickey, te quiero mucho.
—Y y o a ti —casi me pongo a llorar, como en la clínica.
Empecé a salir del coche, pero me cogió del antebrazo.
—Espera —y empezó a buscar algo en el bolso—. Necesitarás un justificante
por llegar tarde, ¿no? —y me hizo uno.
Me bajé y se alejó, con una sonrisa en los labios y despidiéndose con la
mano. Todo el que la viera diría que se trataba de una madre más que acababa
de dejar a su hijo en el colegio.