REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Página 41

surcos de la pelota en los dedos, levantarla por encima de la cabeza y girar la muñeca mientras empiezo a elevarme. Me encanta la sensación de soltar la bola en el momento cumbre del salto, la manera en la que la punta de los dedos acarician el cuero hasta el último momento, cómo vuelves al suelo poco a poco, la parábola que describe el balón camino del aro, la manera en la que baila la parte de debajo de la red cuando el balón entra con ese característico « chuis» . Me movía por la pista, disparando, cogiendo mis propios rebotes, corriendo hasta otro punto. Jugaba partidos mentales e imaginaba que me cubrían LeBron o Kobe, o incluso Cly de o Hondo. Me ponía en la línea de tiros libres y oía cómo el comentarista relataba que y o, Mickey Bolitar, tenía dos tiros libres, que mi equipo perdía de uno… y que no quedaba más tiempo y que estábamos en el último partido de la final de la NBA. Y me dejaba llevar por un éxtasis delirante. Llevaba una hora jugando cuando se abrió la puerta de atrás. Era mi tío. No dijo nada. Se puso debajo de la canasta y empezó a coger los rebotes y a pasarme el balón. Yo lo recibía e iba lanzando desde diferentes posiciones, a lo largo de la línea de tres, empezando por la esquina derecha. Lanzaba, avanzaba un metro y volvía a lanzar; así, hasta que llegué a la esquina izquierda. Mi tío reboteaba por mí. Sabía lo importante que era el silencio. En cierta manera, esta es nuestra iglesia. Hay que ser respetuosos. Así que no dijo nada hasta que le indiqué que iba a tomarme un descanso. —Tu padre reboteaba para mí. Yo tiraba a canasta y él cogía el rebote. Conmigo también lo hacía, pero iba a contárselo. Los ojos de mi tío se llenaron de lágrimas y empezó a llorar. Era muy emotivo. Siempre intentaba sacar el tema de mi padre. Si pasábamos en coche por delante de un restaurante chino, decía: « A tu padre le encantaba el cerdo frito que hacen aquí» ; si pasábamos por delante del campo de la Liga Infantil: « Recuerdo el día en que tu padre bateó fuera del campo con nueve años y su equipo ganó el partido» . Yo nunca decía nada. —Una noche, tu padre y y o jugamos a los Cinco fallos y nos tiramos tres horas. Decidimos dejarlo en empate a la media hora de que ambos lleváramos cuatro canastas falladas. ¡Media hora! Tendrías que habernos visto. —Épico, ¿no? —dije con sarcasmo y sin interés. —Dios, qué puñetero —respondió entre risas. —No, no, en serio. Jugar a los Cinco fallos… Papá y tú debíais de ser la alegría de la huerta. Rio de nuevo y, luego, nos quedamos en silencio. Al rato, me fui hacia la puerta. —Mickey. Me di la vuelta.