—Mañana te llevaré a buscar a tu madre, os traeré a casa y os dejaré solos.
Asentí a modo de agradecimiento. Mi tío cogió la pelota y empezó a lanzar.
Para él también era su vía de escape. Hace poco encontré un viejo vídeo de su
lesión en YouTube. Llevaba una camiseta de los Boston Celtics y esos pantalones
cortos tan horribles que estaban de moda en aquella época. Acababa de pivotar
con la pierna derecha cuándo Burt Wesson, un toro de los Washington Bullets,
chocó violentamente contra él. La pierna de mi tío se dobló en un ángulo
imposible. Se oía hasta el chasquido.
Lo observé otro par de segundos y me di cuenta de las sorprendentes
similitudes de nuestro tiro en suspensión. Me volví hacia la casa, pero un
pensamiento hizo que me detuviera de nuevo. Después de la lesión, mi tío se
había convertido en agente deportivo. Así es como se conocieron mis padres; mi
tío iba a representar a una gran promesa del tenis juvenil: Kitty Hammer —
vamos, mi madre—. Con el tiempo, pasó de llevar únicamente a deportistas a
abrir su campo a las bellas artes, el teatro y la música. Llegó a representar
incluso a la estrella del rock Lex Ry der, uno de los dos fundadores de
HorsePower. Mamá y papá conocían el grupo; y mi tío lo representaba. Y la
Murciélago tenía su primer álbum (que debía de tener unos treinta años) en su
tocadiscos.
Miré a mi tío, que dejó de tirar a canasta y me devolvió la mirada.
—¿Qué pasa?
—¿Sabes algo de la Murciélago?
Frunció el ceño.
—¿Te refieres a la mujer de la casa que hay en el cruce de Pine con Hobart
Gap?
—Sí.
—Así que la « Murciélago» , ¿eh? Yo diría que murió hace tiempo.
—¿En qué te basas?
—No lo sé. Me parece increíble que los niños sigan contando historias de ella.
—¿Historias?
—Era como el hombre del saco del pueblo. Se supone que raptaba niños. La
gente decía que la había visto entrar con niños en casa a altas horas de la noche y
cosas así.
—¿La has visto alguna vez?
—¿Yo? No… —y se concentró en darle vueltas al balón muy rápidamente
con la punta de los dedos—. Pero creo que tu padre sí.
Me pregunté si sería otro intento para hablar de mi padre, pero no me pareció
el estilo de mi tío. Puede que fuera muchas cosas, pero no era mentiroso.
—Cuéntamelo.
Vi que le habría gustado preguntarme a qué venía todo aquello, pero no quería
estropear el momento. Nunca le hablaba mucho, y menos de mi padre. No