CAPÍTULO CINCO
Sus palabras me dejaron de piedra. Acto seguido, la señora Kent subió a la parte
de atrás de la ambulancia. La policía vino a por nosotros y nos conminó a que nos
fuéramos. Cuando llegamos a la entrada de la Urbanización Prema, el Cuchara y
y o nos fuimos a casa, cada uno por nuestro lado. De camino, llamé a la Clínica
de Rehabilitación Coddington, pero me dijeron que mi madre estaba en terapia y
que era muy tarde para hablar con ella o para visitarla. Qué mierda. Bueno,
mañana por la mañana volvía a casa.
El coche de mi tío, un Ford Taurus, estaba aparcado en la acera. Cuando abrí
la puerta de casa, oí que me llamaban: « ¿Mickey ?» .
—Tengo deberes —y me apresuré a mi habitación para no hablar con él.
Durante muchos años, incluido el tiempo que pasó en la universidad, mi tío había
dormido en la habitación del sótano —que estaba igual desde entonces—. Los
paneles de madera eran de esos endebles que se colocan con cinta adhesiva de
dos caras. Había un puf de bolitas al que de vez en cuando se le escapaba algo de
relleno. En las paredes había pósteres descoloridos de los mejores jugadores de
baloncesto de la década de los setenta; tipos como John « Hondo» Havlicek o
Walt « Cly de» Frazier. He de confesar que me encantaban aquellos pósteres. La
habitación tenía un aire desfasado, sí, pero no había nadie que molara más que
Hondo y Cly de.
Hice los deberes de mates. La asignatura me gusta, pero los deberes de mates
son de lo más aburrido que puedes echarte a la cara. Leí un poco de Oscar Wilde
para Literatura y practiqué un poco de vocabulario para Francés. Cuando acabé,
me hice una hamburguesa con queso en la parrilla de la barbacoa.
¿Me habría mentido la señora Kent? Pero ¿por qué iba a hacerlo? No se me
ocurría ninguna razón para que lo hiciera, lo que me llevó automáticamente a la
siguiente pregunta: ¿sería Ashley quien me había mentido? Y, ¿por qué?
Seguí buscando razones, pero no se me ocurría nada. Cuando acabé de cenar,
cogí el balón de baloncesto, encendí las luces de fuera, salí y empecé a practicar
el tiro. Lo hago a diario. Ante una canasta es como mejor me concentro. La
cancha es mi vía de escape y mi paraíso.
Me encanta el baloncesto. Me encanta correr de arriba abajo, sudado y
exhausto, con otros nueve pavos y —aunque sé que esto puede sonar muy
« zen» — que, aun así, te sientas fascinantemente solo. En la cancha se me van
las preocupaciones. Veo las cosas segundos antes de que sucedan. Me encanta
anticiparme al desmarque de un compañero y hacerle un pase picado entre dos
defensores. Me encanta ir a por el rebote, bloquearlo y buscar la mejor posición
para acabar con el balón en las manos. Me encanta avanzar botando la pelota sin
mirarla… esa sensación de confianza, de control, como si llevases el balón
pegado a la Minio. Me encanta recibir los pases, mirar el aro contrario, sentir los