Permaneció callada un instante. Miró hacia la derecha y me miró
nuevamente a mí.
—¿Qué quieres?
—Solo quiero saber si Ashley está bien.
Movió la cabeza de un lado para el otro y me flojearon las rodillas. Entonces,
dijo algo que no me esperaba.
—¿Quién?
—Ashley, su hija.
—No tengo ninguna hija. Y tampoco conozco a nadie que se llame así.