—El teatro El Globo fue construido en 1599. Fue destruido por el fuego el 29
de junio de 1613, reconstruido al año siguiente y cerrado en 1642. En 1997 se
inauguró una reconstrucción moderna —soltó el Cuchara.
Tremendo. El nombre del señor Betz era Richard. Tecleé RBetz seguido de la
arroba y de todo lo demás como nombre de usuario y « TeatroGlobol599» como
contraseña. Pulsé « Enter» y esperé. En la pantalla apareció un pequeño reloj de
arena que daba vueltas sobre sí mismo. Y al rato: « ¡Bienvenido, Richard!» .
El Cuchara sonrió, levantó la palma de la mano y se la choqué. Pinché en el
enlace que llevaba a los archivos de los estudiantes y tecleé « Kent, Ashley » .
Cuando apareció su foto (la que nos habíamos sacado el primer día de clase para
el carné del instituto) sentí como si algo me atenazase el corazón.
—Tío, no me extraña que quieras dar con ella.
Si estuvieras haciendo un diccionario gráfico y necesitases una imagen para
« recato» , sin duda usarías su fotografía. Estaba guapa —bueno, guapísima—
pero lo que transmitía realmente era tranquilidad y timidez y, hasta cierto punto,
que no le gustaba posar. Había algo en ella que atraía mi atención
poderosamente.
El informe era muy corto. Sus padres se llamaban Patrick y Katherine Kent,
y aparecían su número de teléfono fijo y una dirección de Carmenta Terrace.
Cogí un pedazo de papel y un bolígrafo del plumero.
—Huellas dactilares —dijo el Cuchara al tiempo que señalaba el bolígrafo—.
Aunque y a las has dejado por todo el teclado.
—¿Crees que van a buscar huellas? —y esgrimí una mueca.
—Quizá.
—En ese caso, elijo vivir al límite.
Anoté la dirección y el teléfono, y leí el resto del archivo. « Pendientes del
expediente académico» , ponía. Imaginé que aquello se debía a que no habían
recibido nada de su antiguo colegio. Se listaban las asignaturas en las que estaba
matriculada, pero eso y a lo sabía. El resto estaba en blanco.
Me vi tentado de buscar mi propio archivo —por curiosidad, imagino—, pero
el Cuchara me miró con cara deprisa. Dejé el bolígrafo en su sitio, hice como
que borraba las huellas y seguí al Cuchara.
Una vez fuera, consulté el móvil. Otro mensaje de voz de mi tío. Pasé de él.
Ya era de noche. Miré las estrellas que se dibujaban en aquel cielo despejado y
del color de la tinta negra.
—¿Sabes dónde está Carmenta Terrace?
—Claro —respondió—. Me pilla de camino a casa. ¿Quieres que te lleve?
Asentí y allá que fuimos.
El Cuchara iba a mi derecha. Le sacaba una cabeza. Se miraba los pies mientras