y en que cuando la besé por primera vez me pareció que sabía a riquísimas
moras. Sé que esto suena muy cursi, pero es que nunca me cansaría de besarla.
Vomitivo, ¿no? Pensé en la manera en la que me miraba a veces, como si fuera
la única persona del universo… y, acto seguido, pensé que la chica que me
miraba de esa manera se había ido sin despedirse. No tenía sentido.
Tenía que esforzarme. La señora Korty era joven —de hecho, era la
consejera más joven del instituto—. Pensar en eso me dio una idea.
—¿Quiénes son los consejeros más may ores?
—¿Los más may ores? ¿Te refieres en cuanto a edad?
—Claro.
—¿Para qué quieres saberlo?
—Tú, dímelo.
—El señor Betz —respondió sin dudar—. Es tan may or que da clase de
Shakespeare porque lo conoció en persona.
Lo había visto por los pasillos. Se ay udaba de un bastón para caminar y
llevaba pajarita. Sí, era justo lo que estaba buscando.
—¿Cuál es su despacho?
—¿Por?
—Tú, llévame.
Una vez en el pasillo, me señaló el despacho que quedaba más lejos. Mientras
avanzábamos, echaba una ojeada en los demás despachos para ver si algún
consejero había dejado notas adhesivas en la pantalla del ordenador. Nada. El
señor Betz tenía unos sujetalibros que representaban un globo terráqueo antiguo y
un plumero a juego con su nombre grabado. También tenía una grapadora de la
marca Swingline y varios premios.
Me senté y encendí el ordenador. Otra vez aquella pantalla:
NOMBRE DE USUARIO:
CONTRASEÑA:
—¿Y qué esperabas? —me preguntó el Cuchara antes de encogerse de
hombros.
Pues justo esto. Abrí el cajón de la derecha: bolígrafos, lápices,
sujetapapeles, una caja de cerillas y una pipa. Nada. Abrí el de en medio,
rebusqué y sonreí.
—¡Bingo!
—¿Qué pasa?
Aunque no es bueno generalizar, los que no son hachas de la informática
tienden a anotar cosas como los nombres de usuario y las contraseñas. Y allí
estaba, anotado en una ficha de 7 × 12 centímetros: « TeatroGlobol599» . Si
aquello no era una contraseña…