Debería haberle dicho que nos fuésemos… pero no lo hice. Puede que se
debiera a que estaba desesperado o, quizá, a que no me gusta Ellos y ellas. Giró la
llave, abrió la puerta y entramos en la oficina. El mostrador era suficientemente
alto como para apoy arte en él. Allí trabajaban tres secretarias. Evidentemente,
pasar al otro lado del mostrador estaba completamente prohibido… y confieso
que me estremecí cuando lo hicimos.
El Cuchara encendió una linterna con forma de estilográfica.
—Aquí está más oscuro, pero no podemos encender la luz, ¿vale?
Asentí.
Nos detuvimos ante una puerta en la que ponía « Guía» . Siempre me había
parecido que ese término era muy vago. La definición que da el diccionario de la
palabra es: « consejo o información destinada a resolver un problema» . En
resumen, que pretendían ay udarte. Pero para los estudiantes, esa palabra (esta
oficina) da mucho miedo, porque nos hace pensar en las perspectivas
universitarias, en hacerse may or, en la necesidad de trabajar para vivir…
vamos, en el futuro. A mí me parece un término que más bien significa « volar
por tu cuenta» .
El Cuchara buscó otra llave y abrió la puerta. En el instituto había doce guías
o consejeros. Cada uno de ellos tenía un pequeño despacho dentro de esta otra
oficina. La may oría de las puertas estaban abiertas. Entramos en el primer
despacho, el de la señora Korty (una consejera joven). Al igual que la may oría
de la gente, había dejado el ordenador en reposo en vez de apagarlo.
El Cuchara me tendió la linternita y me indicó, con un leve movimiento de
cabeza, que siguiera y o. Me senté en la silla y le di a la barra espaciadora.
Instantáneamente, me apareció una pantalla que me pedía el nombre de usuario
y una contraseña.
¡Qué mierda! Pulsé la tecla « Enter» varias veces. Nada. Suspiré y miré al
Cuchara.
—¿Se te ocurre algo?
—El nombre de usuario es fácil, porque es la dirección de correo electrónico.
Se llama Janice Korty, así que será « JKorty » , arroba, el nombre del insti y
« .edu» .
—¿Y la contraseña?
—Eso y a es harina de otro costal —dijo tras subirse las gafas con el dedo.
Pensé un rato.
—¿Y los archivos en papel?
—Los tienen en otro edificio. Además, si Ashley es nueva, es probable que
aún no tenga ficha.
Me recosté en la silla. Me sentía derrotado. Empecé a pensar en Ashley y se
me relajaron los hombros. Recordé la manera en la que jugueteaba
nerviosamente con un hilo del jersey. Pensé en cómo olía —a flores silvestres—