REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Seite 31

Me di la vuelta y la miré. —¿Qué vas a hacer con lo de la Murciélago? —No sé. ¿Qué crees que debería hacer? —Te ha dicho que tu padre está vivo. —¿Y? —No podemos dejar pasar el tema. —¿Podemos? Parpadeó y miró hacia otro lado. Tenía lágrimas en los ojos. —¿Estás bien? —le pregunté. —Es que… me parece un comentario tan cruel. Deberíamos tirar huevos contra la casa. Aunque, entonces, olería mejor —y se limpió la cara con uno de los antebrazos tatuados—. Tengo que irme —y empezó a alejarse. —Oy e, espera. ¿Dónde vives? ¿Quieres que te acompañe a casa? —¿Lo dices en serio? —había fruncido el cejo—. Sí, seguro. Aceleró el paso y dobló la esquina. Pensé en salir detrás de ella, pero me saldría con que las gordas no necesitan que las protejan y no tenía tiempo para eso; había quedado. Fui corriendo hasta el instituto. El Cuchara me estaba esperando, solo, en el aparcamiento, sentado en el capó de un coche. Dejé de pensar en la Murciélago y en lo que acababa de pasar en su casa. Pero aún me duraba el subidón de adrenalina; a ver adónde me llevaba. —Hola, tío. —¿Sabes qué? —y bajó del capó—. A Bey oncé, ponerse rímel es lo que más le gusta de maquillarse. Pero es alérgica al perfume —y se quedó a la espera de una respuesta. —Pues… muy interesante. —Sí, y a lo sé. Creo que debería haberle puesto de mote « A mi bola» en vez de « Cuchara» . Le seguí hasta la puerta lateral del insti. Pasó por el lector magnético una tarjeta que llevaba en la mano, se oy ó un « clic» , se abrió la puerta y entramos. No hay lugar más vacío, más carente de alma, que un colegio por la noche. Estos edificios se construy en para albergar vida, para que se adecúen al movimiento constante, para que los estudiantes vay an de un lado a otro —algunos confiados; otros, asustados— intentando determinar cuál es su objetivo en la vida. Quítales todo eso y se convierten en cadáveres desangrados. Nuestros pasos resonaban tan fuertemente por los largos pasillos que parecía que estuviesen amplificados. Nos encaminamos a la secretaría sin hablar. El Cuchara sacó las llaves nada más detenernos ante la puerta acristalada. —Como se entere mi padre —susurró—, adiós al reestreno de Ellos y ellas — y me miró.