óptica debida a que la luz del sótano era, prácticamente, la única luz que había en
aquella casa a oscuras… pero eso no hizo que me relajara. Me quedé quieto y
me mantuve a la escucha. Alguien se movía allí abajo. Me acerqué a la puerta.
Se oían voces. Dos personas. Dos hombres.
Mi teléfono vibró de nuevo. Era Ema: « ¡Sal de ahí!» .
Parte d