REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 28

—Vale, vale —Ema levantó las manos como si se rindiera y desapareció de escena rápidamente. Apoy é la espalda en la pared, aliviado… e impresionado por lo que acababa de presenciar. Eso sí que es imaginación. Ema estaba a salvo. Ahora me tocaba a mí. Volví a mirar por la ventana. El tipo de la cabeza rapada estaba junto a la puerta del garaje. La abrió y quienquiera que condujera metió el coche dentro. El calvo siguió moviendo la cabeza de uno a otro lado, como una cámara de vigilancia. De pronto, miró directamente adonde y o estaba. Me agaché a todo correr. ¿Me habría visto? Yo diría que sí por la dirección de la mirada, pero con aquellas gafas que llevaba era imposible estar seguro. Fui a gatas hasta la habitación de al lado y me quedé en el suelo, donde pudiera ver la puerta trasera. Saqué el móvil y le mandé un mensaje a Ema: « ¿Estás bien?» . A los dos segundos: « Sí. ¡Sal!» . Tenía razón. Siempre agachado, pasé por delante de la escalera de caracol. Pensé en lo que podía haber allí arriba y me dio repelús. ¿Quién sería el tipo escalofriante de la cabeza rapada y el traje negro? Lo más probable es que tuviera una explicación sencilla: sería un pariente de la Murciélago. Así, vestido de negro… quizá fuera el sobrino o algo así… el « Sobriciélago» . Casi había llegado a la puerta frontal y no había entrado nadie. Perfecto. Me puse de pie y volví a mirar la fotografía de los años sesenta y a fijarme en la extraña mariposa que lucían aquellos chicos a modo de emblema en las camisetas. Intenté memorizar todas las caras para ver si más adelante podía sacar algo en claro. Me acerqué a la puerta y cogí el pomo. En ese momento se encendió una luz detrás de mí. Me quedé helado. Era una luz tenue, pero la oscuridad era tan grande que llamaba mucho la atención. Giré la cabeza poco a poco. La luz provenía de la rendija de la puerta del sótano. Allí abajo había alguien. Y acababa de encender la luz. Mi cabeza empezó a funcionar a toda velocidad. El pensamiento que más se repetía era: « ¡Corre!» . He visto esas películas de miedo en las que un cabeza de chorlito entra solo y a escondidas en una casa que parece abandonada, como y o, y termina con un hacha entre los ojos. En el cine, a salvo de todo mal, me había mofado de su estulticia… pero fíjate dónde estaba y o ahora: en la guarida de la Murciélago… ¡y había alguien en el sótano! ¿Por qué había entrado? La respuesta era sencilla: la anciana me había llamado por mi nombre y me había dicho que mi padre estaba vivo. Y aunque sabía que era mentira, estaba dispuesto a arriesgar lo que fuera —incluido el pellejo— por descubrir si había alguna posibilidad, por pequeña que fuera, de que lo que había dicho fuera cierto. Echaba mucho de menos a mi padre. La puerta del sótano brillaba. Sabía que era mi imaginación o una ilusión