REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Page 24

como si fuera una niña pequeña. Esbozó media sonrisa y eso me llevó a enarcar una ceja. Imagino que no le gustó que lo hiciera, porque ahí estaba de nuevo la máscara hosca—. Da igual —dijo haciendo ver que estaba de vuelta de todo—. Esto mola. No, realmente no molaba. Sabía que esto no era muy inteligente, pero la necesidad de hacer algo, lo que fuera, era mucho más fuerte que las preocupaciones personales. Además, ¿qué me iba a pasar? Una anciana me había dicho una majadería por la mañana y y o había venido a hablar con ella; como no había respondido nadie, había decidido entrar para asegurarme de que se encontraba bien. Eso sería lo que contaría. ¿Qué iban a hacerme, meterme en la cárcel? —Si quieres, puedes irte a casa —le dije. —Tú flipas. —Lo cierto es que me vendría bien un vigilante. —Yo quiero entrar. Negué con la cabeza. —Vale, pues vigilaré —y sacó el móvil—. Dame tu número —se lo di—. Vale, me voy a quedar aquí. Si la veo aparecer volando, te mando un mensaje. Por cierto, ¿qué piensas hacer si está dentro, esperando entre las sombras, lista para saltarte al cuello? No me molesté en contestar; aunque la verdad es que en eso tampoco había pensado. Y si la Murciélago me estaba esperando, ¿qué? Bueno, qué iba a hacer, ¿saltarme al cuello? Mido 1,95 y ella es una anciana bajita. « Tranquilo» , pensé. Entré en la cocina. No cerré la puerta porque quería una vía de escape rápida en caso de que… Bueno, da igual. La estancia parecía de otra época. Recuerdo haber visto con mi padre una reposición de una serie en blanco y negro llamada The Honeymooners. A mí no me pareció muy graciosa, la verdad; entre otras razones, porque parecía que el humor se basaba demasiado en las amenazas físicas de Ralph a su esposa Alice. Bueno, la cosa es que la Murciélago tenía una nevera —si es que eso es lo que era— como la de Ralph y Alice. El suelo, de linóleo, era de color amarillo sucio, como los dientes de un fumador. Había un reloj de cuco parado con el cuco fuera de su casita de madera marrón. Parecía que el pajarito estuviera congelado. —¡Hola! ¿Hay alguien en casa? Nada. Debería largarme. En serio. ¿Qué estaba buscando? « Tu padre no está muerto. Está vivito y coleando» . Pero y o estaba seguro. Iba en el coche con mi padre. Vi cómo moría. Además, no le puedes decir algo así al hijo del difunto y esperar que no te pida explicaciones. Avancé de puntillas sobre las baldosas, desportilladas. La mesa estaba