como si fuera una niña pequeña. Esbozó media sonrisa y eso me llevó a enarcar
una ceja. Imagino que no le gustó que lo hiciera, porque ahí estaba de nuevo la
máscara hosca—. Da igual —dijo haciendo ver que estaba de vuelta de todo—.
Esto mola.
No, realmente no molaba. Sabía que esto no era muy inteligente, pero la
necesidad de hacer algo, lo que fuera, era mucho más fuerte que las
preocupaciones personales. Además, ¿qué me iba a pasar? Una anciana me
había dicho una majadería por la mañana y y o había venido a hablar con ella;
como no había respondido nadie, había decidido entrar para asegurarme de que
se encontraba bien. Eso sería lo que contaría. ¿Qué iban a hacerme, meterme en
la cárcel?
—Si quieres, puedes irte a casa —le dije.
—Tú flipas.
—Lo cierto es que me vendría bien un vigilante.
—Yo quiero entrar.
Negué con la cabeza.
—Vale, pues vigilaré —y sacó el móvil—. Dame tu número —se lo di—.
Vale, me voy a quedar aquí. Si la veo aparecer volando, te mando un mensaje.
Por cierto, ¿qué piensas hacer si está dentro, esperando entre las sombras, lista
para saltarte al cuello?
No me molesté en contestar; aunque la verdad es que en eso tampoco había
pensado. Y si la Murciélago me estaba esperando, ¿qué? Bueno, qué iba a hacer,
¿saltarme al cuello? Mido 1,95 y ella es una anciana bajita. « Tranquilo» , pensé.
Entré en la cocina. No cerré la puerta porque quería una vía de escape rápida
en caso de que… Bueno, da igual. La estancia parecía de otra época. Recuerdo
haber visto con mi padre una reposición de una serie en blanco y negro llamada
The Honeymooners. A mí no me pareció muy graciosa, la verdad; entre otras
razones, porque parecía que el humor se basaba demasiado en las amenazas
físicas de Ralph a su esposa Alice. Bueno, la cosa es que la Murciélago tenía una
nevera —si es que eso es lo que era— como la de Ralph y Alice. El suelo, de
linóleo, era de color amarillo sucio, como los dientes de un fumador. Había un
reloj de cuco parado con el cuco fuera de su casita de madera marrón. Parecía
que el pajarito estuviera congelado.
—¡Hola! ¿Hay alguien en casa?
Nada.
Debería largarme. En serio. ¿Qué estaba buscando?
« Tu padre no está muerto. Está vivito y coleando» .
Pero y o estaba seguro. Iba en el coche con mi padre. Vi cómo moría.
Además, no le puedes decir algo así al hijo del difunto y esperar que no te pida
explicaciones.
Avancé de puntillas sobre las baldosas, desportilladas. La mesa estaba