REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Seite 23
—Las rodadas de un coche —dijo como si estuviera siguiendo a alguien
como en esas pelis antiguas—. Así es como entra y sale la Murciélago sin que
nadie la vea.
—… No querrás decir que conduce.
—¿Qué pensabas, que volaba?
Me dio un escalofrío. El garaje estaba en mejor estado que la casa, pero no
mucho. Intenté abrir la puerta, pero también estaba cerrada. No había ventanas,
así que no se veía si había algún coche dentro.
No sabía qué conclusiones sacar. Probablemente ninguna de las que extrajera
me llevaría a ningún lado. En esta casa vivía una mujer excéntrica a la que le
gustaba entrar y salir por un camino privado. ¿Y? Yo no tenía ninguna razón para
estar allí. Excepto, claro está, que la mujer sabía mi nombre. Y que había soltado
la sandez esa de que mi padre seguía vivo.
¿Quién dice esas cosas? « Tu padre sigue vivo» . ¿Quién hace eso?
Ya era suficiente. Me di la vuelta y volví a la puerta trasera. Llamé. Nada.
Llamé más fuerte. La ventana de la puerta estaba sucia. Ahuequé las manos
alrededor de los ojos y miré el interior. Al apoy ar las manos en el cristal noté que
la puerta cedía levemente. Miré el pomo. El paso del tiempo había deteriorado el
quicio. Busqué la cartera en el bolsillo. Ema estaba a mi lado. Saqué una tarjeta
de crédito (escondí el nombre para que no lo viera).
—¡Vay a! ¿Sabes cómo entrar?
—No, pero esto es lo que hacen en la tele, ¿no? Solo hay que deslizar la
tarjeta… o algo así.
—¿Y crees que funcionará? —dijo al tiempo que fruncía el cejo.
—Imagino que no, pero fíjate en lo vieja que es la cerradura. Parece que
vay a a romperse con solo toserle encima.
—Vale, pero piensa un poco primero.
—¿Eh?
—Imagina que la puerta se abre. Y entonces, ¿qué?
No iba a plantearme eso todavía. Metí la tarjeta en la hendidura del quicio y
la deslicé hacia abajo. Me topé con algo duro. La deslicé con un poco más de
fuerza… pero nada. Estaba a punto de darme por vencido, cuando la puerta se
abrió lentamente con un chirrido que resonó en todo el bosque.
—Vay a… —dijo Ema.
Abrí la puerta del todo. El chirrido se hizo aún may or y los pájaros salieron
volando. Ema me puso la mano en el antebrazo. Llevaba las uñas pintadas de
negro y anillos de plata en todos los dedos (uno de ellos con una calavera sobre
un par de tibias cruzadas).
—Esto es allanamiento de morada.
—¿Vas a llamar a la policía? —le pregunté.
—¡Qué dices! —y se le iluminaron los ojos. Parecía más joven, más dulce;