¿sabes? Empecé a correr, sin más. Y a gritar. Pero el gigantón me ignoraba.
Intentaba meterla en los asientos de atrás, pero Ashley se resistía. Se agarraba
fuertemente a la puerta e intentaba salir. El tipo la empujaba, pero ella se resistía.
El conductor gritó: « ¡Date prisa!» y el gigantón hizo ademán de prepararse para
pegarle un puñetazo a Ashley. Ahora y o estaba más cerca y empecé a gritar
más fuerte. Intentaba llamar su atención. Saqué el móvil, le enfoqué y grité:
« ¡He llamado a la policía y lo estoy grabando todo! ¡Suéltala!» , o algo así.
—¿Y lo estabas haciendo?
—¿El qué?
—Grabar.
—¡Qué va! —tienes que buscar la aplicación, entrar en ella y pulsar el botón
de « grabar» … No había tiempo. Reaccioné como pude.
Otra vez me vibró el móvil. Miré a ver; era Ema de nuevo: « ¿Dónde estás?
¡Es importante!» .
No tenía tiempo para responder ahora. Miré a Rachel y asentí.
—Bueno, la cuestión es que el tipo se giró hacia mí y Ashley lo aprovechó
para darle una patada. El gigantón se tambaleó y ella salió corriendo. El hombre
iba a salir tras ella, pero me vio con el móvil y debió de pensar que no era el
momento. Se metió en el coche como una exhalación y, antes de salir quemando
rueda, el conductor gritó: « ¡No puedes pasarte la vida escondida, Ash! ¡Sabes
que te encontraré!» .
—¿Apuntaste la matrícula?
Asintió.
—La memoricé y, luego, fui a ver si Ashley estaba bien. Iba a llamar a la
policía, pero me cogió del antebrazo y me susurró: « No llames a la poli» .
Parecía que estuviera muerta de miedo.
Rachel tenía las manos en el regazo. Empezó a darle vueltas de manera
nerviosa a un anillo que llevaba en el dedo índice de la mano derecha. De nuevo
me vibró el móvil. Y otra vez más. Pero ni miré.
—¿Por qué no quería que llamaras a la policía?
—Dijo que las cosas se pondrían aún más feas. Me lo imploró… ¿Qué querías
que hiciera? La traje a mi casa. Al principio, no quería hablar de ello. Lo único
que hacía era llorar y culparse de todo lo que le pasaba. Le dije que no era culpa
suy a, pero no me hacía caso. Me metí en Google y busqué el número de teléfono
de los Kent. Le dije que iba a llamar a sus padres, pero me lo impidió. Me
explicó que no se apellidaba Kent, que había buscado algún vecino de Kasselton
que no tuviera hijos en el sistema educativo para hacerse pasar por su hija y
poder apuntarse al instituto.
—¿Se puede hacer eso?
—Parece que sí —respondió mientras se encogía de hombros.
—Entonces, ¿los Kent no sabían nada de ella?