CAPÍTULO DOS
Durante la tercera hora de clase se me ocurrió una idea. Ashley y y o solamente
coincidíamos en Historia avanzada, asignatura que impartía la señora Friedman.
Hasta el momento, la señora Friedman era mi profesora preferida porque era
teatral y entusiasta. Hoy nos hablaba de lo redondas que eran algunas figuras
históricas y nos pedía que nos convirtiéramos en « hombres y mujeres del
Renacimiento» .
Aún no había hablado en privado con ella. Bueno, la verdad es que no había
hablado con ninguno de mis profesores fuera de clase. No me estaba
relacionando mucho. Pero así era y o. Y sé que me miraban como se mira a los
nuevos. Un día, un grupo de chicas no paraba de observarme y reírse
tontamente. Una de ellas se acercó y me dijo:
—Oy e… esto… ¿me das tu número de móvil? —me pilló por sorpresa y se lo
di.
A los cinco minutos volví a oír las risitas y mi teléfono vibró. El mensaje
decía: « Mi amiga dice que eres muy mono» . No respondí.
Después de clase me acerqué a la señora Friedman.
—Ah, señor Bolitar —me ofreció una sonrisa que le iluminó la cara—. Me
alegro de tenerlo en mi asignatura.
—Eh… —no estaba seguro de qué responder—, gracias.
—A su padre no le di clase, pero su tío era uno de mis alumnos preferidos. Se
parece usted a él.
Mi tío. El « gran» My ron Bolitar. A mí no me caía bien y estaba cansado de
que me dijeran lo molón que era. Mi padre y mi tío se llevaron muy bien
mientras eran chavales pero, luego, tuvieron una gran discusión. En los últimos
quince años —prácticamente desde que fui concebido hasta el día en que murió
mi padre— no se habían hablado. Sé que debería perdonar a mi tío, pero no me
da la gana.
—¿En qué puedo ay udarle? —hay veces en las que los profesores que te
tratan de usted suenan condescendientes o hacen que la situación resulte
demasiado formal; no obstante, la señora Friedman le daba el tono correcto.
—Como seguramente sabrá —dije despacio—, Ashley Kent lleva unos días
sin venir.
—Así es —era una mujer bajita y le suponía un esfuerzo mirarme a los ojos
—. Están ustedes muy unidos, ¿verdad?
—No, solo somos amigos.
—Venga, señor Bolitar, puede que sea vieja, pero he visto cómo la mira.
Hasta la señorita Caldwell está enfadada porque no le presta usted atención.
Me puse rojo. Rachel Caldwell era, probablemente, la tía más buena del
instituto.