Si la vida fuera una peli, es ahora cuando empezaría a sonar la música; una
de esas canciones ñoñas durante la que se alternarían los planos en los que ella y
y o compartimos la comida, hablamos, nos reímos, coqueteamos, nos damos la
mano… Y la escena acabaría con un beso casto.
Eso fue hace tres semanas.
Entré en clase del señor Hill justo cuando sonaba el t imbre. Pasó lista, volvió
a sonar el timbre y empezó la primera hora de clase. La clase del profesor que
pasaba lista al grupo de Ashley estaba al otro lado del pasillo. Me quedé
esperando, pero Ashley tampoco había venido hoy.
Antes he dicho que Ashley era mi novia… pero quizá hay a exagerado.
Íbamos más bien despacio —creo—. Nos habíamos besado un par de veces,
nada más. No me gustaba nadie más del instituto. Pero ella me gustaba mucho.
No es que estuviera enamorado —era pronto para decirlo—. Además, los
sentimientos como este suelen disminuir; las cosas, como son. Nos gusta pensar
que crecen cuanto más conocemos a nuestra pareja; pero la may oría de las
veces es al revés. Los tíos vemos a esa chica tremenda y se nos mete en el
cuerpo una sensación que hace que nos cueste respirar y que nos pongamos tan
nerviosos y ansiosos que siempre la cagamos. Pero en cuanto la conseguimos, el
sentimiento empieza a disminuir casi inmediatamente. En este caso, lo cierto es
que lo que sentía por Ashley había ido en aumento. Y eso me daba un poco de
miedo.
Entonces, un día llegué a clase y no había venido. La llamé al móvil, pero no
contestó. Al día siguiente tampoco vino. Ni al siguiente. No sabía qué hacer. No
sabía dónde vivía. Busqué el apellido Kent en Internet, pero no debían de haberse
inscrito en el listín. De hecho, en Internet no salía nada sobre ella.
Ashley había desaparecido sin más ni más.