de baloncesto y, claro está… quería conocer chicas y hacer cosas de
adolescentes. Pero todo eso es muy difícil si estás cruzando Nepal a pata, con una
mochila a la espalda.
La chica era muy guapa, sí, pero parecía de esas repipis, remilgadas y pijas.
Tenía pinta de creída, pero tampoco sé decir qué me llevaba a pensar así. Tenía
el pelo rubísimo, como el de las muñecas de porcelana. Llevaba una falda
moderna (pero no de esas tan cortas) y lo que parecían unos calcetines cortos.
Daba la impresión de que acabase de salir de un catálogo de Brooks Brothers de
mi abuelo.
Mientras le daba un mordisco al bocadillo me di cuenta de que ella no tenía
comida. Puede que estuviera haciendo una de esas dietas extrañas pero —no sé
por qué— no me lo pareció. Y tampoco sé por qué decidí acercarme, porque no
me apetecía ni hablar ni conocer a nadie más. Aún estaba un poco apabullado
por haber conocido a tanta gente y no quería incluir a nadie más. Puede que se
debiera a que era muy guapa, a que soy tan superficial como el que más o a que
los solitarios se atraen entre sí. Quizá lo que me atrajo de ella fuera ese aspecto
que tenía de querer estar sola.
Me aproximé vacilante. Cuando estuve lo suficientemente cerca la saludé con
la mano a la altura de la cintura y dije:
—Hola —siempre me presento con frases tan brillantes como esta.
—Hola —respondió tras levantar la cabeza y mirarme con aquellos ojos,
verdes como esmeraldas.
Sí, era muy guapa.
Estaba allí parado, de pie, y me sentía incómodo. Me puse rojo. De repente,
sentí como si mis manos fueran desproporcionadamente grandes.
—Me llamo Mickey —fue lo segundo que le dije. No me digas que no me lo
monto bien, ¿eh? Cada palabra que digo lleva intención.
—Yo soy Ashley Kent.
—Mola.
—… Sí.
Seguramente, en algún lugar de este mundo, y a sea en China o en la India o
en una parte remota de África, hay un tío más idiota que y o. Aunque tampoco
estoy tan seguro.
Señalé su regazo, vacío.
—¿No has traído nada de comer?
—No, se me ha olvidado.
—¿Quieres la mitad de mi bocadillo? Es enorme.
—Oh, no, gracias.
Pero insistí y me pidió que me sentara con ella. Ashley era otro de los
alumnos que se habían mudado y estaban en segundo. Su padre, según me contó,
era un cirujano renombrado. Su madre era abogada.