—Se llamaba usted…
—Mickey Bolitar. Soy uno de los de segundo que se han mudado… y, si no
tiene inconveniente, no voy a hacer este ejercicio.
Nuevamente el leve temblor del ojo derecho.
—¿Disculpe?
—Es que no creo que mis compañeros vay an a poder conmigo.
Los demás me miraban como si me estuviese creciendo un tercer brazo en
mitad de la frente.
—Señor Bolitar, es usted nuevo —las exclamaciones habían desaparecido—
y creo que debería participar.
—¿Es obligatorio?
—¿Disculpe?
—¿Es obligatorio participar en este ejercicio?
—Bueno, obligatorio no es…
—Entonces, no voy a hacerlo —y miré a Ema/Emma—. ¿Me haces
compañía? —y nos alejamos.
A mis espaldas, el mundo se había quedado mudo. La profesora hizo sonar su
silbato y nos dijo que nos fuéramos a comer, que el ejercicio había terminado.
Cuando nos habíamos alejado unos cuantos metros más, Ema/Emma me
soltó:
—Vay a…
—¿Perdona?
—Le has salvado el pellejo a la gorda —dijo mientras me miraba fijamente
a los ojos—. Debes de estar orgulloso —sacudió la cabeza y se alejó de mí.
Miré hacia atrás. La señora Owens nos observaba. No había perdido la
sonrisa, pero el brillo de su mirada denotaba que me había granjeado un enemigo
en mi primer día de clase.
El sol pegaba de lo lindo. Dejé que lo hiciera. Cerré los ojos un instante.
Pensé en mi madre y en que pronto saldría de la clínica. Pensé en mi padre,
muerto y enterrado. Me sentía muy solo.
La cafetería estaba cerrada (aún faltaban semanas para que empezara el
instituto), así que habíamos tenido que traer la comida. Yo me había comprado un
bocadillo submarino de pollo picante y muy hecho en el Wilkes Deli y me senté
en una colina con hierba desde la que se veía el campo de fútbol americano para
comérmelo. Estaba a punto de darle el primer mordisco cuando la vi.
No era mi tipo —aunque, a decir verdad, tampoco tenía un tipo predefinido
—. Me he tirado toda la vida viajando por el mundo. Mis padres habían trabajado
para una organización benéfica en países como Laos, Perú y Sierra Leona. No
tengo hermanos. Cuando era niño me lo pasaba en grande y resultaba
emocionante; pero a medida que fui creciendo, se hizo pesado y complicado. Yo
quería quedarme en un mismo lugar. Quería hacer amigos y jugar en el equipo