Análisis y perspectivas de la reforma educativa
universidad siguen siendo instrumentos de control social, diseñadas para cerrar el paso a la rebeldía creadora y la búsqueda de alternativas transformadoras. En una perspectiva histórica, más allá de la dictadura de los “papeles” (de las calificaciones, los créditos, grados académicos, cédulas o títulos profesionales y diplomas), de procesos meritocráticos y clasistas, y de la búsqueda de certificados burocráticos o comerciales de productividad, calidad, evaluación y eficiencia,16 se trata de formar jóvenes comprometidos con la verdad, para que puedan contribuir en la práctica a solucionar los problemas de la realidad. No obstante, es frecuente una confusión dañina entre las funciones de educar y certificar, y la imposición del valor de las certificaciones sobre el del conocimiento mismo. El resultado ha sido un grave deterioro de la calidad de la educación y la imposibilidad de hacer del conocimiento el elemento de cohesión de la comunidad magisterial y académica. La educación verdadera, enseñaba Paulo Freire, es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo. En una época de barbarie y caos como la que nos toca vivir, en que se menosprecia de tantas formas el ministerio de la palabra humana y se hace de ella, máscara para los opresores y trampa para los oprimidos, educar significa ruptura, cambio, transformación total. Una sociedad inteligente, más informada y culta, se deja manipular menos por el poder y tiene más capacidades de autonomía. Pero nadie dice la palabra solo. Decirla, significa decirla para otros. Por eso la educación es diálogo. De allí que el uruguayo Julio Barreiro no hablara de una “educación dialogal”, tan opuesta a los esquemas del liberalismo autoritario dominante. A su vez, la tarea de educar es auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad nacional, regional y local. En la medida en que pierda el miedo a la libertad. Educar es sinónimo de concientizar. Una concientización entendida como un proceso de liberación o despertar de la conciencia, y no como sinónimo de ideologizar o de proponer consignas, slogans o nuevos esquemas mentales, que le harían pasar al estudiante de una forma de conciencia oprimida a otra. Una auténtica escuela con sentido popular no debe buscar la uniformidad. Por el contrario, debe fomentar la diversidad, la discusión y el diálogo; para eso se garantizan la autonomía y las libertades de cátedra e investigación, no para abrir espacios al adoctrinamiento y la manipulación. Allí radica, pues, la disputa por la enseñanza básica, media y superior, entre quienes aspiran profundizar la construcción de una educación y una ciencia liberadoras, emancipatorias, contra-hegemónicas —la educación como práctica de la libertad—, y quienes de manera vertical y autoritaria, con métodos represivos y porriles, manejando la enseñanza de manera corporativa y burocrática, quieren impulsar una contrarreforma para desmantelar y privatizar la educación pública. 57