Xochimilco había roto con la línea dura de Iztapalapa y Azcapotzalco. Ellos iban en una postura de todo o nada y nosotros habíamos reconocido la necesidad de ceder algunas posiciones para conquistar las que más nos importaban. Teníamos interlocutores: el Colegio Académico había designado, para negociar con el movimiento estudiantil, a docentes de izquierda. Nuestros intereses, en una comunidad sin grupos políticos enquistados, en la que ninguno de nosotros tenía más de 25 años (yo, 23), era combatir lo que percibíamos como un abuso en el cobro de cuotas, el motivo inmediato de inconformidad, y los métodos autoritarios de toma de decisiones. Pero nuestros compañeros de las otras dos unidades, entre los que había profesores y alumnos perennes, tenían agendas extrauniversitarias, intentaban aprovechar el conflicto para avanzarlas y nos querían utilizar como instrumentos políticos.
Rompimos con sus posturas maximalistas. Aceptamos el pacto que ofrecía el Colegio. Nuestras demandas originales –revertir ciertos cobros aumentados súbita y exageradamente— serían satisfechas. Otras exigencias que habían aparecido después, respecto a cuotas acordadas en tiempos previos, quedarían para luchas posteriores.
El problema (o más bien, nuestro problema) era que estábamos en territorio ajeno, en Azcapo. Ellos eran muchos, eran más rudos y parecían dispuestos a llevar las cosas a un terreno en el que con toda seguridad tendríamos que sacrificar algunas cosillas, como dientes, huesos y otra cubertería de plata.
“¡Te voy a matar!”, gritó un pequeño rinoceronte del septentrión chilango, mientras iniciaba su embestida contra mí. Me imaginé en el Serengeti africano, aguantando a pie firme el ataque mientras apuntaba con mi fusil a ese punto clave entre ambos ojos. El detalle era que no tenía arma alguna. Por suerte, uno de los nuestros, un chico alto pero delgado, con cabello rubio y cara de bueno, se interpuso entre la bestia y yo. “¡Éstos son compañeros!”, pensé. “¿Qué onda güeritooo, te vas a meter?”, inquirió el ceratomorfo. El güerito, tan bravío, lo miró con desdén y dijo, en un hilillo de voz… “Nnnno”. Y se quitó.
A lo largo de aquel movimiento, sin darnos cuenta, habíamos aplicado algunas cualidades que adquirimos en Xochimilco: creatividad; independencia intelectual; pensamiento crítico; reorganización de prioridades; discusión colegiada y búsqueda de consensos. Si los grupos de activistas en las otras unidades tomaban entre ellos decisiones que afectaban a todos sus compañeros, sin molestarse en explicar mucho, para nosotros era vital transmitir y recibir información de todos los grupos académicos, cuya voluntad mayoritaria se convertía en nuestro mandato.
No aceptábamos imposiciones de grupos organizados; rechazábamos que nos quisieran encerrar en ciertos métodos y conceptos sólo porque otros los habían desarrollado en otros lugares, en otras épocas, en otras condiciones, y se habían convertido en tradición; nos rehusábamos a admitir presiones, aunque las acompañaran con amenazas físicas: alguna vez unos cincuenta de nosotros tuvimos que salir de Iztapalapa tomándonos de los brazos para protegernos de la agresión. No considerábamos que nuestra menor experiencia política fuera un defecto, la veíamos como una oportunidad de ser frescos e innovar, ajustándonos a las necesidades del momento. Y en la práctica hacíamos las cosas de manera diferente. Muy xochimilca.
Por Témoris Grecko
Fotografía: Témoris Grecko