REFLEJO | Page 63

De “burguesitos” a “perredistas” nos llamaban quienes muy poco después se convirtieron o en aspirantes a burguesitos o en huestes perredistas y de otros partidos (y con frecuencia, en ambas cosas). Teníamos confianza en nosotros mismos, sin embargo, porque compartíamos una base de percepción que ahora identifico como una de las virtudes del sistema modular.

Con los años, llevamos esas actitudes por ahí. No es difícil distinguir a los egresados de la UAM-X porque somos gente que actúa de manera distinta, original, crítica, en organizaciones variadas, desde cooperativas hasta empresas, desde periódicos hasta oficinas públicas: los xochimilcas damos lata. Ocurre que tenemos una mirada analítica que nos conduce a ver cosas que otros no cuestionan, y estamos acostumbrados a levantar la voz para señalarlo. A los conformistas y los conservadores no les gusta, ¿para que ir más lejos si ya por aquí está bonito? Pero también sabemos argumentar, motivar, liderar. Y somos valientes.

Hasta cierto punto. Como el güerito, a quien el farol se le fundió en un chispazo y se quitó. Me preparé para recibir al bólido. Siendo agnóstico, no podía encomendarme a la guadalupana pero sí desear que fuera verdad lo que dicen los yijadistas, que a quien muere en martirio, Alá le guardará 72 vírgenes para recibirlo en el paraíso. ¡Alaju ákbar! ¡Qué envidia les iba a dar a los de Azcapo!

“¡Párate ahí, pendejo!” Dueño de una cabeza hinchada sobre un cuello gordo y pequeño, el rinoceronte trató de abrir un poco más los pequeñazos ojillos y, aunque carente de inteligencia, emitió por las pupilas un brillo de extrañeza, un “¿cómo?” que articuló en un bufido. “Si lo tocas, ¡te partimos la madre!”

Eran dos compañeras de Xochimilco que habían pasado toda la noche con nosotros en la interminable sesión del Colegio Académico, tomando notas y preparando argumentos. Chaparritas, delgadas, las dos podrían haberse colgardo del unicornio grasoso que el perisodáctilo tenía por nariz sin que él hubiera notado el peso.

Debe haber sido la primera vez, sin embargo, que una mujer le hacía frente y, desacostumbrado a procesar novedades (no había pasado por Xoch), tan compleja información se le enredó en las tres neuronas que tenía, formando un bucle del que no podía salir.

Me pareció un fenómeno interesantísimo y quería quedarme a ver, pero las muchachas prefirieron sacarme de ahí, no entendía por qué, de manera un tanto apresurada. Al caminar –medio volar, esas chicas tenían alas—, yo volteaba y volteaba, no por temor a que se le despegara el cerebro de mastique y volviera a embestir, ¡claro!, sino por mero interés científico. En el último momento en que vi al confundido animal, sus compañeros lo rodeaban, preocupados y haciéndole preguntas, sin darse

cuenta de que sólo lo ponían peor: ¡no le muevan las certezas aprendidas que le duele más la testa!

Para un xochimilca, en cambio, una pregunta es un paso hacia la siguiente, y un cuestionamiento, el preludio a la palabra.

*Témoris Grecko es un uamero y periodista independiente que ha llevado la X marcada sobre las cejas por 88 países y territorios. www.temoris.org

Por qué damos tanta lata en xoch