LAS 2:16 AM
El reloj marca las 12 am, tu abuelo, que más bien es como tu padre se encuentra en el hospital, lo van a operar de urgencia; es grave, tu madre lo acompaña. En casa, tu abuela llevando a cabo su rol trata de tranquilizarte, te ofrece algo de cenar; la comida es la mejor medicina de las abuelas.
Cenas algo ligero, el estómago te da vueltas, tienes ganas de vomitar y tu hermano pequeño comienza a llorar: todo en orden. Te recuestas en la cama, te dispones a dormir después de un par de noches de no poder hacerlo. Das vueltas y vueltas. Tienes los ojos cerrados pero las imágenes mentales son más poderosas que cualquier cosa que pudieras ver en el momento, te persiguen, te desquician.
Abres los ojos y te concentras en la oscuridad de la habitación. Un pequeño haz de luz entra por la ventana gracias al cual puedes apenas distinguir la silueta de tus manos, juegas con ellas; el torbellino mental desparece. El corazón regresa a su ritmo habitual. El viejo reloj del abuelo marca las 2:16. Apenas alcanzas a distinguir la hora, entrecierras los ojos, Morfeo se acerca.
Arriba de ti se encuentra colgado ese viejo retrato de la bisabuela en blanco y negro, sucio, con un marco de madera desgastado pintado de dorado, está a punto de caerse sobre tu cabeza. De pronto saltas sin saber la razón, tu corazón de agita, del cuadro sale una sombra negra que pasa enfrente de ti y atraviesa la habitación. Te congelas. No puedes mover un solo músculo, ni creer lo que acabas de ver. Como niño de 12 años piensas lo peor, “¿vino por mi abuelito?”.
No sabes si estás dormido o despierto y sigues inmóvil, insomne. El teléfono suena, 6:30 am, esperas malas noticias de tu madre ; “todo salió bien mijito, tu bisabuela les manda saludos”.
Eduardo Vasconcelos